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“Es eso que has dejado lo que persigues, si quieres saber lo que eres, tendrás que preguntárselo a las piedras y al agua, si quieres descifrar el idioma en que hablan los brujos de tus sueños, interroga las fábulas que te contaron la primera noche ante el fuego. Porque no hay río que no sea tu sangre, no hay selva que no esté en tus entrañas, no hay viento que no sea secretamente tu voz y no hay estrellas que no sean misteriosamente tus ojos. Dondequiera que vayas llevarás esas viejas preguntas, nada encontrarás en tus viajes que no estuviera desde siempre contigo, y cuando te enfrentes a las cosas más desconocidas, descubrirás que fueron ellas quienes arrullaron tu infancia.”
Último párrafo de El País de la Canela, de William Ospina.
Yo nací en Colombia y eso, en alguna medida, me hace lo que soy.
El escenario de mis recuerdos tiene un telón verde esmeralda con montañas jorobadas o una calle estrecha de ciudad por delante del mismo telón eternamente verde.
Yo vengo de un lugar donde los escritores buscan fantasías y encuentran realidades que superan la más alucinante de las ficciones.
Soy uno más de los que por decenios ha visto correr la sangre, y soy también uno de los que ha callado por el tedio y la desidia con que la repetición viste incluso a las mayores atrocidades cuando se prolongan en el tiempo.
Yo vengo del trópico frutal que hace sonrojar al edén con su erupción de mangos y guayabas, el mismo que humedece con lluvias incansables la tierra pantanosa donde han dejado sus huesos exploradores pioneros y campesinos asesinados.
Yo nací en la esquina norte de Suramérica donde la gente es cordial, afectuosa, sensible y alegre, sin que una sola sílaba de esos adjetivos magnifique un milímetro de la realidad, esa realidad donde también solemos ser otras cosas: inermes, insolidarios, egoístas.
Yo nací en Colombia y eso no me enorgullece.
Es posible que en algunas ocasiones me haga sentir afortunado y estimulado, pero no orgulloso. El orgullo no es otra cosa que la autocomplacencia ante un logro o un esfuerzo, y los colombianos como sociedad, tenemos muy poco de qué enorgullecernos y sí mucho de qué avergonzarnos.
¿La diversidad biológica? Puro azar geográfico.
¿Los triunfos deportivos y artísticos? Que sirvan de motivo de orgullo a quienes los consiguieron, en la mayoría de los casos en contra del entorno y rompiéndose la espalda.
¿La belleza de las colombianas? Triunfo del mestizaje genético.
Cuando me hablan de orgullo patrio siento que me sonrojo: no puse un sólo peso para la carrera de Juan Pablo Montoya en la Fórmula Uno ni le colaboré a Maria Isabel Urrutia, la campeona olímpica, con un sólo centavo; mi trabajo diario nada tiene que ver -¡lo juro!- con que en Muzo se produzcan las más hermosas esmeraldas del mundo, y pueden estar seguros de que si yo no hubiera nacido, Gabo habría ganado el Nóbel de todas maneras.
Por años he escuchado que el orgullo de ser colombiano es casi una obligación para merecer la ciudadanía y no es así. Todo lo contrario. En muchas ocasiones he sentido vergüenza por las cosas que suceden en mi país, y sigo convencido de que esa vergüenza no es más que el amor violentado: en un país como el mío, sólo la ceguera intencional o la ignorancia descomunal pueden conducir al orgullo y sólo la autocrítica feroz puede orientar a las nuevas generaciones para que no confundan prosperidad individual con mejoramiento colectivo.
Escribo estas letras en el Aeropuerto Internacional El Dorado mientras espero un vuelo que me llevará de regreso a Buenos Aires, que ahora es mi casa.
Pasan los aviones y yo comienzo a sentir que extrañaré el clima de Bogotá carente de humedad y con olor a cerros verdes, que comenzaré de nuevo a pensar en los amigos como el lugar exacto al que siempre quiero regresar, que rememoraré cada sabor a fruta tropical que me llevo en el paladar, que esta partida, como todas las anteriores, no será más que el inicio del nuevo regreso.
Soy colombiano y me gusta.
Soy colombiano y me duele.
Eso es lo que hay.
No me inviten jamás a emborracharme con aguardiente en nombre de la patria.
Llámenme siempre que programen una cumbiamba.
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Imagen tomada de: http://farm4.static.flickr.com/3086/2561522697_137ced49b3.jpg
6 comentarios:
Tu "Colombita" está más presente que nunca en esto que dices. Creo que es un canto de amor y de dolor, como los versos que la componen.
Colombia debe ser mágica, a pesar de lo que dices, porque los colombianos que conozco son de una sola pieza, complejos, íntegros, cálidos, queribles, muy queribles.
Bienvenido al verano cálido/caluroso de Buenos Aires.
Changos!!! Hoy precisamente pase por el aeropuerto...y una señora a mi lado de esas ke kizás nunca viajarán en avión me dijo ke tan "encuando me aleje...ahora pienso en alguien ke se aleja y mientras tanto escribe.... pero komo dijo el rey arturo jejejej lo importante no es el grial, sino el viaje para encontrarlo...se kiere mas el pedazito cuando se puede regresar...
La patria es un dolor que no sabe su nombre...lo de colombianos si fue el azar...
ke bello escrito!!!
:)
ey!!, Pala...
"el que puede, quiere"...
que alegría haber pasado po r acá hoy...
Creo que este país por ahora no merece tu presencia, pero no lo tomes a mal, es que una persona con la verraquera como la que tienes tu, no se podría sentir mas que subutilizado en este país, y te agradezco por es escrito, me sentí bien leyéndolo... ojala que cuando vuelvas a vivir en Colombia, los colombianos que viven en Colombia hallan dejado de ser tan colombianos y sean mas humanos.
...aeropuertos del corazón: entra un vuelo & salen dos...
Lágrimas confusas de imágenes hermosas que llevo y me marcan, pero también de heridas que arden y crecen.
Qué triste que no existan muchos más oídos abiertos en Colombia a tus palabras Pala.
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