lunes, febrero 23, 2009

DIVERTIMENTO ANALÓGICO (O de la afinidad entre la Batalla de Boyacá y la realidad gay)

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DIVERTIMENTO ANALÓGICO

(O DE LA AFINIDAD ENTRE LA BATALLA DE BOYACÁ Y LA REALIDAD GAY)



Cuando visité el famoso kilómetro 110 de la carretera que une Bogotá con Tunja donde se escenificó la batalla de Boyacá, me resultó casi imposible abstraerme del hermoso entorno turístico y remontarme a la escena del glorioso y sangriento 7 de agosto de 1819.

No pude, lo confieso, imaginarme suficientemente bien los ecos de los cañones que habían poblado los relatos de mis profesores de historia. Nada, entre la muy bien cuidada gama de verdes del parque monumento o entre el barullo de los turistas, me remitía al sangriento pasado que puso para siempre el bucólico lugarcito en el mapa del país y de la América Latina.

Pero no me hacía falta exprimir la imaginación. Yo sabía lo que había ocurrido allí y con o sin evocación sensorial, mi emoción era inmensa.


Sabía por los libros, por las clases, por la inalterable y repetida escenificación anual de la efeméride en los actos del colegio, que allí se había sellado de manera definitiva la independencia de Colombia. Luego vinieron otras batallas, es cierto, pero después de la de Boyacá, los acontecimientos se precipitaron como una bola de nieve y la emancipación de España se convirtió en un hecho inevitable, en la consecuencia lógica e indetenible de las jornadas previas, de los heroísmos acumulados, de las derrotas anteriores todas, cada una con sus aprendizajes: Boyacá fue una jornada épica, es indiscutible, pero de otro lado no fue más que la gota que rebosó una copa lista para derramarse.


La semana pasada vi la preciosa personificación que de Harvey Milk hizo Sean Penn en la película de Gus Van Sant y salí decidido a escribir un post sobre él, sobre Milk: el primer político abiertamente homosexual elegido para un cargo público en los Estados Unidos. Pero en ese período de madurar la idea ocurrieron dos cosas. Una de ellas fue que Penn ganó el Oscar como mejor actor lo que, a mi disgusto, le daba al post un tufillo más de actualidad que de opinión, y la otra, que cuando constaté que había montones de ejemplos tan valiosos como los de Milk para explicar mi visión sobre la cosa homosexual, terminé aceptando que limitarme a escribir sobre él era, en efecto y a mi pesar, una decisión de actualidad más que de opinión.


Pensé, por ejemplo, en Johanna Sigurdardottir, la actual Primera Ministra de Islandia, abiertamente lesbiana y perfecto botón de muestra para lo que terminó siendo la despaturrada idea final para este post: que el actual statu quo de la comunidad homosexual en el mundo se encuentra en el mismo sitio que la independencia de Colombia luego de la Batalla de Boyacá... justo a punto de librar algunos combates decisivos, pero también frente al panorama de una victoria que ya nadie podrá evitar, porque la fuerza de la historia, que es la única fuerza en verdad inmodificable, se ha echado a rodar como bola de nieve imposible de detener.


Muchos seguirán intentando pararla, claro. Las religiones en primer lugar con su histórica ceguera y su inveterada costumbre de amoldarse a la actualidad cien años después de que fuera actual. Basta recordar la década de los 60, cuando la Iglesia Católica enfiló toda su artillería contra la anticoncepción femenina y los derechos reproductivos de la mujer. Habría que mencionar que libró con ferocidad sus combates y, claro que dejó en el campo de batalla montones de mujeres traumatizadas por la lucha interna entre lo que les pedía su cuerpo y lo que les exigía su pastor; pero la guerra por la independencia femenina, por la separación entre la sexualidad y la concepción, (¡Oh pánico para las religiones!), esa guerra justa y hermosa, ya había tenido su Batalla de Boyacá, y lo que vino después como una refrescante avalancha de humanidad, fue el triunfo inevitable de la libertad y la derrota también inevitable del oscurantismo moralista.


El curso elemental de historia del género humano nos recuerda con ejemplos que los pocos grandes logros de la convivencia se han alcanzado siempre en contra de un obcecado grupo de personas cuyo número, luego de alguna lucha trascendental o de la suma de pequeños logros, disminuyó progresiva pero inevitablemente, si bien no hasta desaparecer, al menos hasta hacerse lo suficientemente insignificante como para no amenazar la victoria alcanzada.

Pasó con los derechos de los negros, desconocidos inicialmente sin excepción por el grueso de las sociedades no negras, luego defendidos por algunos pocos y finalmente calando en la mente del grueso de la humanidad como consecuencia de la suma de conquistas progresivas. Hoy, aunque lejos de haber alcanzado la igualdad de razas, al menos no existe posibilidad alguna -y el salto no es poco- de encontrarnos en Deremate.com la subasta de un lote de jóvenes bantús.

Pasó con los derechos civiles y laborales de la mujer, tan apoyados por la iglesia, pero sesenta años después de que las pioneras los consiguieran en contra de ella y de la sociedad de su tiempo.

Pasó también con el estigma de la unión libre en las sociedades católicas: lo que hasta hace poco era una barrera infranqueable para la inserción social y laboral, hoy no pasa de ser una anécdota. Sin importar que aún existan personas que se escandalicen, se quejen, o escriban columnas abogando por el regreso del matrimonio católico obligatorio, ya acumulamos puntos suficientes para ganar esa batalla decisiva y no hay pataleta que nos regrese al pasado.


Pues creo que con la homosexualidad ya cruzamos el feliz punto de quiebre.


Faltan mil cosas por lograr. Hay abismos de inequidad imperdonables. Siguen abundando los sermones (sí, sermones) intolerantes. Pero los Harvey Milk, los Virgilio Barco Isakson, las Johanna Sigurdardottir, mis amigos y amigas homosexuales, todos ellos y ellas con su suma de heroísmos, ya ganaron su esplendorosa Batalla de Boyacá y, aunque es posible que por la polvareda que dejan sus diarias y violentas batallas restantes, o por lo corta que resulta nuestra existencia, no alcancen a disfrutar el triunfo final en esta guerra, sí deben saber, adentro de su alma de guerreros dulces, que fueron todos ellos quienes empujaron la bola de nieve hasta lo alto de la cima y quienes la echaron a rodar cuesta abajo.

Habrá quienes convoquen ejércitos para detener la avalancha.

Yo, y los que sabemos que nada la detendrá, nos ponemos al lado del camino, como cuando pasan las carreras de ciclismo, para aplaudir y celebrar su paso.


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Imagen tomada de: http://anonymouspond.com/wp-content/uploads/2008/06/raising_gay_flag.jpg

8 comentarios:

d1eg0 dijo...

ey!!, claro, a veces se nos hace más fácil aceptar formas de desarticulación como la guerra y la falta de solidaridad, y se nos hace difícil entender y aceptar formas de articulación como el amor.

juanmosquera dijo...

estuve contigo aquella tarde de nuestra primera vez en el puente aquel tan pequeño como hermoso. lo recuerdo bien igual que aquel frio de la historia susurrándonos al oído versos que hoy son gloria.

Pablo Palma Leal dijo...

Muy bella tu analogía, Pala. Y tambien muy certera, muy a pesar de quienes traten de deterner el curso de la historia, como bien dices ya ha ocurrido múltiples veces en la Historia de la Humanidad referente a otras luchas por justicia social. Felicidades por tu artículo. ¿Me permites reproducirlo en mi bitácora con un link al tuyo que invite al lector a visitarte?

Piedad Monsalve dijo...

Me conmueve el reconocimiento a las luchas personales y los logros universales de nuestros amigos y amigas. La mejor forma de unirnos es ésta que practicas: hablar, cuestionar, gritar, sembrar, admirar.

juanmosquera dijo...

...y los recuerdos vuelven como aquella vez que cantabas "Sonó como sonó" preciosa y desprendida canción de amor de tu socio andrés correa. Alguien te dijo que era muy gay cantarla dedicándosela al amigo. Era La Media Torta en Bogotá. Y precisamente, por eso, con más razón lo hiciste porque el amor es amor y no hay género en la devoción...

las luchas más grandes son las pequeñas batallas de todos los días

Julián Mayorga dijo...

Ningún hombre en el mundo debería tener que defender su libertad.

Ojalá no fuera necesario.

AmanitaPunk dijo...

me uno a los que aplaudirán al lado del camino y disfrutarán al ver crecer de forma inevitable y grandiosa aquella bola de nieve :)...

Abajo las etiketas de genero que nos separan...el ser humano es el ke ama a sus semejantes ke kuento de hombre mujer, mujer hombre, hombre hombre o mujer mujer, solo seres humanos y listo el pollo!!!!

teceo dijo...

me asusta el final optimista!
por ejemplo me asombra la feroz reacción de muchos homosexuales respecto a los bisexuales... acaso hay que librar otras batallas para cada preferencia sexual?

Dudo en el punto de quiebre pero celebro desde luego todos los gritos de independencia, no como una ganancia para un grupo determinado o determinable, sino como un logro de nuestra capacidad de aceptar a los otros

"gozar y hacer gozar sin causar daño a nadie, ni a si mismo, eso es una buena definición de moralidad" (M. Onfray)