PREJUICIO O HIPOCRESÍA
Disquisición psicoactiva
Mi abuelo, nieto de colonizadores y heredero de sus esquemas mentales, siempre tuvo prejuicios ardorosos sobre los negros: prejuicios jamás rotos por un profesor, un libro o un discurso; o al menos no rotos hasta que mi tío, su hijo, trajo a casa su bellísima y dulcísima esposa negra. Así, mientras la casa de los abuelos se pintaba del más genuino color de Colombia, él, por arte del amor que no es otra cosa que el más profundo de los conocimientos, desterró su prejuicio mientras cargaba a sus hermosas nietas negras.
Mi abuelo sucumbió al prejuicio pero no fue hipócrita.
Prejuzgar es emitir un juicio sin el conocimiento necesario. Así visto, quien prejuzga sólo puede hacerlo desde cierto nivel de ignorancia; por eso, y en la medida en que la responsabilidad de la ignorancia no reside ni siempre ni en su totalidad en quien ignora, pienso en el prejuicio como en una práctica detestable pero no siempre exenta de explicación e incluso de excusa.
Otra cosa es la hipocresía. El hipócrita juzga sin el arropo de la ignorancia: insiste en prejuzgar habiendo conocido las razones para no hacerlo, y en la medida en que requiere la obcecada voluntad de negar las evidencias para perpetuar el prejuicio es, a mi modo de ver, imperdonable.
Hoy, casualmente tanto en Colombia como en Argentina, el tema de la despenalización y de la criminalización del consumo de drogas está en el palco de la opinión nacional. De eso quería escribir inicialmente, aunque luego, al recordar que sólo escribo para quienes quiero, entendí que debía hablar de prejuicio y de hipocresía porque la mayoría de mis personas queridas se mueven en esa cuerda floja cuando abordan el tema.
Mi punto va de una copita de aguardiente a un cigarrillo de marihuana, de un vino tinto a un porro; se mueve entre una copa de ron y un bareto, entre un vaso de Fernet y un faso. Hablo de la comparación entre el alcohol y el cannabis.
Algunas de las personas que conozco (muy pocas, en verdad), rechazan de modo visceral el consumo tanto de cualquier tipo de licor como de cualquier sustancia psicoactiva. Asumo que todas ellas conocen los riesgos de su consumo (aunque apostaría que no es así), y que priorizan la cruzada por la salud a cualquier roce con la exaltación de los sentidos. De ellas podría decir que abordan la vida de una manera diametralmente opuesta a la mía o que rozan el fundamentalismo, pero al menos en lo referente a este punto ni son hipócritas ni prejuzgan: no puedo más que considerarlas consecuentes. Por eso no escribo este post para ellas.
Escribo para quienes piensan que existen diferencias entre fumar un cigarrillo de marihuana y beber una copa de licor, y sostengo que todas ellas, entre quienes podría contar algunos de mis seres más queridos, no pueden sostener esa diferencia sin prejuzgar o sin convertirse en hipócritas.
Nadie con un mínimo de conocimientos en bioquímica podría sostener con seriedad que el cannabis es inocuo. No lo es. La socorrida tesis rastafari de que la hierba, por ser natural, está desprovista de efectos nocivos, no sólo es falsa sino que es absurda: si alguien está dispuesto a defender esa asociación lo invito a beber la infusión natural de la naturalísima planta de cicuta y luego hablamos: la naturaleza esconde sorpresas y venenos que a su vez pueden ser, por qué no, maravillosos, pero no por eso natural es necesariamente sinónimo de inocuo.
Sin embargo no es ése el punto. El punto consiste en preguntarse cuántas de las personas que rechazan el consumo de marihuana por sus posibles efectos nocivos, están dispuestas a rechazar con la misma vehemencia otra sustancia que produce los mismos efectos y en mayor proporción: el alcohol.
Vamos a los datos.
(Estudio de Jack E. Henningfield, PhD for NIDA, Reported by Philip J. Hilts, New York Times, Aug. 2, 1994 "Is Nicotine Addictive? It Depends on Whose Criteria You Use." )
Esta tabla pertenece a uno de los abundantes estudios comparativos entre sustancias psicoactivas y la elegí por la confiabilidad de la fuente y por lo pedagógico de su enfoque.
No hay que explicar mucho: con notable diferencia, el alcohol supera a la marihuana en su capacidad de generar dependencia, síndrome de abstinencia (withdrawall), tolerancia e intoxicación, además en aquello que los investigadores llaman reinforcement que consiste en la capacidad de una sustancia de inducir a su consumidor a combinarla con otras.
(Estudio de The United Kingdom's Science and Technology Select Committee. New Scientist Magazine. Issue 2563. August 2006, page 5. Drug-danger 'league table' revealed.)
En esta clasificación de las sustancias psicoactivas de acuerdo con su potencial nocivo (y en las muchas otras que conozco), el alcohol supera sin esfuerzo a la marihuana. Por simple curiosidad, ¿vieron el lugar del tabaco, tan frecuentado como el alcohol por la mayoría de los legisladores pro penalización?
La marihuana no es inocua, pero las evidencias científicas demuestran que es bastante menos lesiva que el alcohol.
Consumido en grandes cantidades y por períodos prolongados de tiempo, el cannabis puede generar deterioro neuronal, pero en proporciones inferiores al producido por el alcohol.
Puede también desencadenar un tipo de adicción, pero nunca en los porcentajes alcanzados por el alcohol.
Su potencial capacidad para inducir brotes de esquizofrenia en personas susceptibles es inferior a la del alcohol y es además muchísimo menos hepatotóxica.
Para no extenderme en esta reminiscencia médica, bastaría decir que no existe un solo ítem de nocividad en el que la marihuana supere al alcohol y no hay un solo argumento médico o biopsicológico que justifique aceptar un vaso de ron y rechazar un cigarrillo de marihuana: todos los argumentos en esa línea no son más que la perpetuación de un patrón social sin fundamentación científica.
Entonces, ¿por qué para la mayoría de las personas que conozco resulta tan aceptable que en una fiesta alguien consuma dos o tres copas de aguardiente, mientras consideran inadmisible que encienda un porro?
Esta es mi respuesta: porque la mayoría de nosotros no desarrollamos nuestros juicios a partir de una acumulación concienzuda de argumentos, sino que los heredamos y los aceptamos con su inevitable carga de prejuicios sin atrevernos a cuestionarlos.
Todos prejuzgamos. Lo hacemos a diario y con destreza. Sin embargo hay quienes se resisten a permanecer pasivos ante su defecto y buscan el conocimiento como la garrocha que les permite saltar el obstáculo entre el prejuicio y el juicio argumentado.
Otros, que por desgracia no son pocos, acceden al conocimiento pero lo ignoran, y el único camino que les resta es el de la hipocresía.
No es la intención de este post defender la legalización del consumo, aunque ésa sea mi postura personal. Lo que lanzo es una invitación a preguntarnos cada vez que observemos a alguien fumando un cigarrillo de marihuana, cada vez que escuchemos una historia sobre la hierba, cada vez que veamos un reporte televisivo sobre el cannabis, si la postura que estamos dispuestos a asumir frente a la marihuana es la misma que estamos dispuestos a asumir frente al alcohol. Si no es así, valdría la pena quitarnos la careta y llamarnos como sólo es posible: hipócritas.
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14 comentarios:
Muy apropiado su escito don Pala, como una buena película que lo deja a uno pensando.
ey!, ¡salud en la sinceridad!, dice mi abuelita
...siento un humo como familiar...
Has tratado de decirle eso a un médico con especialización en bioética? -No lo recomiendo! es como decirle amén a un ateo-
Estoy contigo en tu postura respecto a la marihuana y al alcohol 100% Pala.
Buen escrito.
Que estés bien!.
Suponiendo que los prejuicios de los que hablas (cuya denuncia y crítica comparto) resultasen ser ciertos, sugiero una pregunta adicional: ¿cómo puede la imposición de una pena (una multa, algunos días -¡meses! ¡años!- de prisión, con la consecuente aparición de un antecedente en el ignominioso "certificado judicial" que impedirá obtener empleos, visados, etc.) lograr alguna finalidad que no sea más dañina que el supuesto mal que se dice atacar con la penalización del consumo? En clave weberiana, ¿cómo puede considerarse racional la penalización del consumo, si nadie nos ha dicho ni siquiera cuál es esa finalidad que se persigue, ni se permite un control racional de la proporcionalidad de la medida penal en relación con los medios que se quiere emplear para alcanzarla? ¿Hasta dónde puede y debe llegar el derecho penal?
Me encuentro entre quienes no consumen ni alcohol ni droga de ningún tipo. Seguramente me estoy perdiendo mil placeres.
Los prejuicios y la hipocresía son males que atentan contra la libertad... pero también la libertad puede convertirse en libertinaje.
Sonará moralista, pero no entiendo eso de habilitar un permiso (¿quién tiene derecho para prohibirte lo que hagas con tu cuerpo?) de algo que daña porque hay otra cosa (el alcohol) que daña y está permitida... El razonamiento me suena paradójico... ¿aumentemos la posibilidad de consumir cosas que nos dañan? No es claro para mí. Es confuso, de verdad...
Querida Liliana.
Obviamente abogo por la legalización del consumo pero no es de eso que habla el post.
Habla de quienes establecen una diferencia entre el alcohol y la marihuana. Vos, como es obvio, no lo haces y esa postura, aunque no es la mía, me parece absoluta -y éticamente- respetable y defendible.
No discuto (¡porque es indiscutible!) que las drogas son lesivas para la salud. Lo que discuto es la utilidad de la proscripción.
Las inmensas ganancias del negocio del narcotráfico se originan única y exclusivamente en su prohibición. Esas ganancias que, entre otras cosas, financian los movimientos armados de países como el mío, fomentan la corrupción estatal y permean todas las capas de la sociedad, desaparecerían en un mercado controlado y legalizado.
Así, todo el dinero derrochado en la guerra contra las drogas, (querra, por lo demás perdida), podría derivarse hacia la educación punzante y puntual en las poblaciones susceptibles.
Nadie pensaría hoy en prohibir el alcohol porque montones de personas mueren al año por cirrosis alcohólica. Pienso que la analogía funciona igual para las drogas, o debería funcionar.
Vuelvo a decir:
Quien defiende el no consumo de alcohol y de drogas no sólo está en su derecho sino que le asisten montones de argumentos.
Quien defiende la despenalización del consumo de ambas, también.
Prejuzga o es hipócrita quien tolera una y rechaza la otra, porque no existe evidencia científica ni argumento sustentable que sustente esa diferenciación.
¡No te imaginas lo estimulante que es debatir con alguien de tu altura!
Te abrazo.
PALA
Pala, sé que tienes cantidad de ejemplos para defender tu posición. Yo no la condeno, sólo que no entiendo en qué se beneficia o no el permitir el consumo de droga.
Me lo estás explicando en tu respuesta. Si yo supiera que nuestros países (bueno, en realidad, hablo por el mío) son lo suficientemente responsables y adultos como para aprovechar los ingresos en educación, aplaudiría la medida.
Me asusta la falta de educación que sufre mi país hoy. Me asusta la ausencia de padres y madres en los hogares. Me asusta tanta niñez y adolescencia desatada con todo tan fácil.
No nos engañemos, ningún gobierno (al menos no aún) va a capitalizar positivamente esa medida. Puedo asegurarte (y me respaldan años de decepciones) que se abrirán las fronteras al narcotráfico (ya están abiertas), pero ahora con legalidad. Ya verás.
El post habla de otra cosa, lo sé, y en eso coincido tanto contigo... pero sobre lo que venimos discutiendo (creo que debe haber libertad de elección, en eso también estamos de acuerdo), no soy tan idealista, más bien, soy escéptica.
Quizá mi posición venga avalada por ser de otra generación. Quizá no veo el problema con ojos jóvenes, quizá haya moralismo en mi modo de pensar, quizá solamente esté subestimando a mi pueblo, a su juventud y a su gobierno.
Lili.
Creo, luego de leer tu respuesta, que coincidimos prácticamente en todo excepto en el punto de llegada.
Yo, al igual que vos, coincido en el escepticismo. Considero, igual que vos, incapaces a nuestros gobernantes para enfrentar la raíz del mal. Encuentro, igual que vos, alarmante la ausencia de los padres y desalentador el fácil acceso a todo de los jóvenes. no creo que esas consideraciones te hagan "moralista" más que realista.
En lo que no coincido con vos es en que se deba legislar desde la decepción. Si así fuera, deberíamos sumarnos entonces por ejemplo, a las voces que claman por la pena de muerte ante la incapacidad del estado de controlar la violencia y yo me resisto a desechar las vías civilistas y a considerar, por la incapacidad de los ejecutantes, inviables los caminos de la educación.
Pero quisiera ir un poco más allá, simplemente a la observación de los resultados del sistema prohibitivo:
¿Ha logrado disminuir el consumo o al menos detenerlo?
¿Ha frenado la penetración de la corrupción originada en el dinero del narcotráfico?
¿Ha protegido a las verdaderas víctimas: los consumidores y sus familias?
¿Ha conseguido uno sólo -¡uno sólo!- de sus objetivos?
El NO rotundo con que me veo obligado a responder a estas cuatro preguntas, si no me lleva a aceptar las ventajas de la legalización, al menos me conduce a descartar todas las de la prohibición.
No estamos tan lejos, Liliana.
Tal vez sólo sea una pequeña diferencia en la receta final de esta torta.
Abrazos gigantes.
GRACIAS por enriquecer como nadie este espacio y por enriquecerme a mí con tu mirada y tu empujón.
Intentaré contagiarme de tu optimismo para abrir mi mente. Gracias, Pala.
Sabes que coincidimos profundamente en este punto. Pero despacio creo, la gente empieza a desprejuiciarse con la cuestión. Incluso nosotros, empezamos a ver ese cambio en los nuestros. Un abrazo inmenso. los extraño a los dos.
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Opinión| 14 Mar 2009 - 10:00 pm
Héctor Abad Faciolince
Columna enmarihuanada
Por: Héctor Abad Faciolince
ACABO DE FUMARME UN PUCHITO de marihuana. Los miles y miles de libros de mi biblioteca, de todos los colores, están bailando conmigo.
Es como si los hubiera leído a todos y me saludan de lejos, moviendo las páginas como viejos amigos. No sé por qué, miro a mi novia y se me parece a Nefertiti; casi nunca la había visto tan bonita. Yo sé que los libros no bailan y que mi novia no es Nefertiti; pero verlos bailar y verla como Nefertiti es una experiencia bonita. Irreal, pero bonita.
Daniel Pacheco, columnista de este periódico que valientemente se declara consumidor de drogas, nos está invitando, antes de que prohíban la dosis personal, a que hagamos una manifestación portando “una dosis de personalidad”. Yo espero poder asistir y pienso llevar una soga. Es la soga con la que podría ahorcarme, pero con la que espero no tenerme que matar. Quiero tenerla a mano, por si me da la gana, nada más. Porque ni Uribe ni Uribito, ni Palacio ni Palacito, me lo pueden impedir.
Prohibir el porte y el consumo personal de marihuana o de cocaína, para que no haya drogados, será tan eficaz como prohibir las cuerdas y el matarratas para que no haya suicidas. Si uno se quiere matar y no encuentra cuerdas, se busca un precipicio o se cuelga de un bejuco. Lo que defendemos quienes defendemos la dosis personal es la libertad. La libertad, incluso, para jodernos la vida, si la vida nos jode y nos la queremos joder.
Hacía años que no me fumaba un porrito de marihuana. Me la consiguió un amigo; empacada al vacío, punto rojo de la Sierra Nevada de Santa Marta. De lo mejor del mundo. En Ámsterdam la venden carísima. Tengo sed; tengo los ojos rojos. Acabo de poner las Variaciones Goldberg, de Bach, tocadas por Glenn Gould. Siempre me ha parecido, estando sobrio, que es una música celestial. Ahora, con el efecto del punto rojo, me parece que he llegado a un paraíso musical superior.
Cojo un viejo libro que me estaba saludando mucho. Es de un autor inglés consumidor de opio. Dice algo muy interesante. Dice que cuando uno consume opio comprende que “lo único real es el dolor”. No voy a probar nunca el opio; no debo. He estudiado y sé que produce una adicción irrefrenable. Si no la produjera, probaría también opio, pero la educación me dice que no lo debo hacer.
No fumo tabaco, por el cáncer. Si Uribe y Uribito prohibieran por completo el cigarrillo, me pararía frente al Palacio (y frente al Palacito) a fumarme un Pielroja, dos Pielrojas, cien Pielrojas. Dice Nefertiti que ella no confía en aquellos que no se toman ni un trago. Algún demonio muy hondo tendrán que ocultar. Si Uribe y Uribito prohibieran el alcohol (con lo que les gusta), me conseguiría una botella de ron de contrabando y me haría encanar.
Cuando prohíban la dosis personal, por la pica, me voy a parar a fumar marihuana en la puerta de la Catedral. Para que me lleven, obligado, donde un policía y donde un psiquiatra. Le mostraré al psiquiatra todos los libros que he leído, todos los libros que he escrito, toda la música que he oído y todos los cuadros que he visto con la percepción exacerbada por la droga. Y si quieren, que me encanen. Si me encanan, llevaré una cuerda. Si me quitan la cuerda, llevaré los cordones de los zapatos. Si me quitan los zapatos, dejaré de respirar. Para qué respirar donde no hay libertad.
Creo que ya se me pasó el efecto. No creo que me haya hecho ningún daño. El que se sienta dañado por mí, que arroje la primera piedra. Adiós, me voy p’al cuarto a dormir con Nefertiti. Bien comprendo la envidia que les da.
*
Héctor Abad Faciolince
La prohibición solo causa mal... me consta porque lo veo a diario, expediente doloroso y terrible ver a un oscuro Leviatan contra el indigente o simple consumidor mínimo
La permisión... me parece una postura más correcta para un real ejercicio de la libertad de autodeterminarse, en el fondo eso lo que ocurre en la realidad en mi ciudad, aunque resulte tan peligroso conseguirla, asi que lo de "permisión" deba leerse cuidadosamente entre comillas.
Pero, y aqui lo dificil, el enfoque de la promoción y explotación abierta del negocio por empresas legalizadas y organizadas o el propio "estado" en ejercicio de otro monopolio más, como el del aguardiente, me resulta francamente un escenario desalentador que riñe con el sentido del equilibrio entre el ejercicio de la libertad y la explotación de unos cuantos de la pulsión de consumir para evadir un mundo que no nos gusta.
Lo digo por la necesaria condición de inferioridad en la que se encuentra cualquier consumidor frente al productor...
Bueno tu escrito habla de otras cosas... pero me hizo pensar en esto.
Hace falta fumarse uno y acompañarlo de alcohol, (un buen vino por ejemplo) para hacer más animada esta conversación imaginaria
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