sábado, mayo 23, 2009

RUTA 7


RUTA 7

A 120 km/hora en plena Ruta 7 y bajo el más hermosos cielo que recuerde desde aquel que a los 17 años me regaló el Cabo de la Vela, Nacho conduce feliz su camioneta mientras Juan Manuel ceba el mate y AC DC truena en los parlantes.


Recorremos los 700 kilómetros que separan a Villa Mercedes en San Luis y a su despampanante estudio de grabación recién estrenado, con Buenos Aires y su bullicio: ese que nuestros oídos saturados de insonorización ya comienzan a extrañar.


La última parada fue en una gasolinera perdida en medio de la nada 200 kilómetros, un termo de mate y seis alfajores gigantes atrás.

Ahora volamos y el cuadro consiste en un túnel negro que las luces van desvirgando y tres tipos hipnotizados que llevan el beat del bombo con la parte menos cansada de su cuerpo.


En un momento Nacho baja el volumen y se hace un silencio de motor ronroneante.

-¿Sabés Pala? - Me dice.

-Recuerdo un día de mi adolescencia, cuando en plena madrugada salía solo de un pueblito de Córdoba manejando a toda velocidad y escuchando precisamente este disco. En ese entonces comenzaba a intuir que la felicidad aparecía por escasos soplos de tiempo, y recuerdo haber pensado que si la dicha existía tenía que ser algo exactamente igual a eso: a conducir veloz por una ruta interminable, escuchando reventar en tus oídos una canción inmortal.

Sonríe y sube de nuevo el volumen.


Por un rato pienso en lo que Nacho contó y recuerdo algo con lo que nunca he estado de acuerdo: la afirmación de que las canciones le pueden cambiar la vida a la gente.

Sé que muchos de mis buenos amigos no piensan igual, pero qué le voy a hacer.

Algunas canciones me han regalado momentos memorables, otras me han sacado lágrimas y algunas pocas me han dicho lo que necesitaba en el momento justo.

Sin embargo siempre desestimé el lugar en el que algunas personas situaban a los compositores: el parnaso del iluminado capaz de hacerte encontrar la dicha. El del elegido para tocar el alma de los demás. El del predilecto. El del ungido.

Siempre pensé que un buen compositor es digno de ser elogiado, pero no más que un buen médico o un buen historiador. Que la idolatría va en detrimento del oficio: a un mesías no se le cuestiona. Que no hay que glorificar el quehacer del compositor sino todo lo contrario: aterrizarlo para poder exigirle.

Una buena canción es un obsequio para los sentidos y la sensibilidad, pero nadie que la escuche será finalmente más o menos feliz por haberlo hecho. Pienso que todos seguimos igual cuando el walkman dice stop. (Perdón pero la imagen pide walkman y ni IPod). Eso es lo que he pensado siempre.


Pero tal vez mi teoría tenga una grieta.

En el horizonte se intuyen las luces de Buenos Aires.

Pienso en mis canciones. Ellas, o al menos algunas de ellas, me trajeron al Sur.

Por ellas estoy ahora viajando veloz con Nacho y Juan Manuel al son de la banda de los hermanos Young, llenando el piso de la camioneta de harinas de alfajor, incapaz de mirar otra cosa que no sea el cielo repleto de estrellas, totalmente feliz.


No me equivoqué. Sigo pensando que las canciones no cambian la vida de nadie. Que tiene mil veces más poder un beso o una caricia.

Lo que ignoraba era que mis canciones sí tenían un poder: el de cambiar mi propia vida.


Let me put my love into you, Colombita.


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Imagen tomada de: http://coyotemercury.com/images/post-illustrations/night_driving.jpg

4 comentarios:

Carina Pérez dijo...

Me parece que el cantautor tiene tanto reconocimiento porque el camino es arduo y la gente ve más allá de la canción. el animarse a... por ejemplo, descartar ser médico.

Galera dijo...

Ah, qué bonito y oportuno su texto.

Por acá en Bogotá adquiere un nuevo lector, bien gustoso de recibir confirmaciones en sus palabras! Que no es una canción pero tiene palabras que sirven para fijar en el tiempo esos momentos que usted dice...

Umberto Pérez dijo...

Ja! querido, sabe que no comparto lo que dice de la canción pero estoy plenamente de acuerdo con su afirmación final, señor. A mi también, y es lo que importa, sus canciones, como las de otros, han girado el cambiado sentido de mi vida al menos un poquito o por un momento. Abrazos.

a ele a ene te ele dijo...

A mí me pasó igual y la anécdota te la he contado. Por una canción, por una solita, perdí el norte.

Por esa canción acabé yéndome de mi país y una vez que empecé a irme, ya nunca acabé. O no he acabado todavía, pues.

Perdí el norte, sí. Por una canción perdí el norte y por haber perdido el norte, a la larga encontré el sur.