lunes, julio 06, 2009

¿A ALGUIEN LE QUEDA ALGUNA DUDA?


¿A ALGUIEN LE QUEDA ALGUNA DUDA?
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El Presidente hondureño Manuel Zelaya no gozaba de altos índices de popularidad y todo parece indicar que su interés de modificar la constitución para garantizar su reelección (¡espejito, espejito!), se desarrollaba al borde la legalidad.

Sin embargo su salida del poder constituyó un flagrante y vergonzoso golpe de estado.

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¿A alguien le queda alguna duda?

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Juzgar e incluso destituir al Presidente, eran opciones posibles dentro del marco de las leyes hondureñas. Sin embargo los golpistas ayudados por el ejército, obviaron ese camino y lo sacaron de su casa para enviarlo a Costa Rica. Eso no tiene otro nombre que golpe de estado.

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Vuelvo a preguntar: ¿a alguien le queda alguna duda?

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La Iglesia Católica siempre simpatizó con los regímenes militares y las dictaduras: los golpes de estado fueron para sus jerarcas, en la inmensa mayoría de los casos, algo digno de celebrarse y se constituyeron por décadas en el bendito as bajo la manga enviado por la Trinidad ante la tenebrosa amenaza de la palabra cambio.

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¿A alguien le queda alguna duda?

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Si. Puedo imaginar tristemente que aquí habrá dudas. Veo levantar la mano a algunos que no suelen frecuentar los libros de historia y a otros que presuponen la bondad de La Iglesia simplemente porque los sacerdotes dicen que es buena.

Pero aunque no estoy para sermonear a nadie, tampoco estoy para ceder la palabra hasta que termine este post. Abajo del mismo hay un cuadrito donde se puede desahogar quien se sienta agraviado. Ojalá, eso sí, lo haga con argumentos. Y permítanme en esa línea, sugerirles cualquier libro de historia latinoamericana o al menos una búsqueda en Google de combinaciones como La Iglesia y el General Primo de Rivera, o La Iglesia y Rafael Leonidas Trujillo, o La Iglesia y Franco, o simplemente La Iglesia y las dictaduras.

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¡O tal vez no tengan que hacer ninguna de las dos cosas!

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Aquí les traigo la última actualización mejorada y corregida sobre la posición eclesial frente a estos asuntos: el comunicado emitido por la Conferencia Episcopal Hondureña legitimando el golpe de estado. Todo un espléndido ejemplo de mezquindad reaccionaria, de alineamiento con el poder, de desprecio por las instituciones populares, de trasnochado pánico anticomunista. (¡En el deporte de ser dinosaurio, La Iglesia -lo juro- no deja de sorprenderme!)

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He aquí algunos apartes comentados. (¡Si no los comentaba corría el riesgo de atragantarme!)

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• (...) Ante la situación de los últimos días, nos remitimos a la información que hemos buscado en las instancias competentes del Estado (la Corte Suprema de Justicia, el Congreso Nacional, el Ministerio Público, el Poder Ejecutivo, Tribunal Supremo Electoral) y muchas organizaciones de sociedad civil. Todos y cada uno de los documentos que han llegado a nuestras manos, demuestran que las instituciones del Estado democrático hondureño, están en vigencia y que sus ejecutorias en materia jurídico-legal han sido apegadas a derecho.

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¡Ah! ¡No güevones! ¡Qué credibilidad tan aplastante la de sus fuentes! ¡Cuando quieran saber si las hamburguesas son comida chatarra le van a preguntar a Ronald McDonald!

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(...) Conforme a lo contemplado en el Artículo 239 de la Constitución de la República, “quien proponga la reforma” de este Artículo, “cesa de inmediato en el desempeño de su cargo y queda inhabilitado por diez años para el ejercicio de toda función pública”. Por lo tanto, la persona requerida, cuando fue capturado, ya no se desempeñaba como Presidente de la República.

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¿Y desde cuando las destituciones legales se anuncian en la madrugada, sacando al acusado en ropa de dormir, mandándolo al exterior y negándole el derecho de defensa? ¿No existe en Honduras algo llamado tribunales, jueces, cárceles?

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•(...) Hoy más que nunca los comunicadores sociales deben expresar su amor a Honduras buscando la pacificación y serenidad de nuestro pueblo, dejando a un lado los ataques personales y buscando el bien común.

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¡Hay que ser muy cínico!

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•(...) A la Organización de Estados Americanos pedimos que preste atención a todo lo que venía ocurriendo fuera de la legalidad en Honduras, y no solamente a lo sucedido a partir del 28 de junio recién pasado.

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¿Esto lo redactó el Cardenal o el Canciller del nuevo gobierno?

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•(...) Exhortamos al pueblo fiel a intensificar la oración y el ayuno solidario para que reine la justicia y la paz.

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No se preocupen por el ayuno Sus Excelencias. El pobre pueblo hondureño lo ha practicado por siglos y sin reposo con la ayuda permanente de quienes ustedes hoy defienden y con la connivencia de la Iglesia Católica en general.

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Estoy cansado de escuchar un argumento tan liviano como repetido: el de quienes defienden a La Iglesia pidiendo que se mire a los sacerdotes buenos que dan su vida por los pobres y a partir de ellos se juzgue a la institución. Pues no acepto esa falacia por argumento .

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Sé de esos sacerdotes. Conozco varios. Pero ellos son buenos hombres por sí mismos y no por la iglesia a la que pertenecen. Luego de recordarles que con ese argumento se podría defender, por ejemplo, a la criminal guerrilla colombiana, llena de hombres que llegaron a ella con el verdadero deseo de ayudar a los más pobres pero cuya presencia no hace a la guerrilla menos culpable, termino por regresar a las palabras del premio Nobel de física Steven Weinberg: “La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin ella, hay gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que la gente buena haga el mal, se necesita la religión”.

Aquellos movimientos al interior del catolicismo que propendían por el alineamiento real con los pobres (¿les dice algo las palabras Teología de la Liberación?) fueron exterminados con absoluto éxito por ese reaccionario (pero inigualable) gurú de la comunicaciones llamado Juan Pablo II.

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Debo agradecer, eso sí, al Episcopado Hondureño porque al menos por un tiempo no tendré que volver a escuchar ese argumento: el comunicado apoyando el golpe de estado no es de un sacerdote, no es de un individuo. Está firmado por los once obispos de Honduras y representa el vergonzoso punto de vista de la jerarquía católica.

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¿A alguien le queda alguna duda?

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Imgen tomada de: http://www.jornada.unam.mx/2007/07/11/cartones/fisgon.jpg
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sábado, mayo 23, 2009

RUTA 7


RUTA 7

A 120 km/hora en plena Ruta 7 y bajo el más hermosos cielo que recuerde desde aquel que a los 17 años me regaló el Cabo de la Vela, Nacho conduce feliz su camioneta mientras Juan Manuel ceba el mate y AC DC truena en los parlantes.


Recorremos los 700 kilómetros que separan a Villa Mercedes en San Luis y a su despampanante estudio de grabación recién estrenado, con Buenos Aires y su bullicio: ese que nuestros oídos saturados de insonorización ya comienzan a extrañar.


La última parada fue en una gasolinera perdida en medio de la nada 200 kilómetros, un termo de mate y seis alfajores gigantes atrás.

Ahora volamos y el cuadro consiste en un túnel negro que las luces van desvirgando y tres tipos hipnotizados que llevan el beat del bombo con la parte menos cansada de su cuerpo.


En un momento Nacho baja el volumen y se hace un silencio de motor ronroneante.

-¿Sabés Pala? - Me dice.

-Recuerdo un día de mi adolescencia, cuando en plena madrugada salía solo de un pueblito de Córdoba manejando a toda velocidad y escuchando precisamente este disco. En ese entonces comenzaba a intuir que la felicidad aparecía por escasos soplos de tiempo, y recuerdo haber pensado que si la dicha existía tenía que ser algo exactamente igual a eso: a conducir veloz por una ruta interminable, escuchando reventar en tus oídos una canción inmortal.

Sonríe y sube de nuevo el volumen.


Por un rato pienso en lo que Nacho contó y recuerdo algo con lo que nunca he estado de acuerdo: la afirmación de que las canciones le pueden cambiar la vida a la gente.

Sé que muchos de mis buenos amigos no piensan igual, pero qué le voy a hacer.

Algunas canciones me han regalado momentos memorables, otras me han sacado lágrimas y algunas pocas me han dicho lo que necesitaba en el momento justo.

Sin embargo siempre desestimé el lugar en el que algunas personas situaban a los compositores: el parnaso del iluminado capaz de hacerte encontrar la dicha. El del elegido para tocar el alma de los demás. El del predilecto. El del ungido.

Siempre pensé que un buen compositor es digno de ser elogiado, pero no más que un buen médico o un buen historiador. Que la idolatría va en detrimento del oficio: a un mesías no se le cuestiona. Que no hay que glorificar el quehacer del compositor sino todo lo contrario: aterrizarlo para poder exigirle.

Una buena canción es un obsequio para los sentidos y la sensibilidad, pero nadie que la escuche será finalmente más o menos feliz por haberlo hecho. Pienso que todos seguimos igual cuando el walkman dice stop. (Perdón pero la imagen pide walkman y ni IPod). Eso es lo que he pensado siempre.


Pero tal vez mi teoría tenga una grieta.

En el horizonte se intuyen las luces de Buenos Aires.

Pienso en mis canciones. Ellas, o al menos algunas de ellas, me trajeron al Sur.

Por ellas estoy ahora viajando veloz con Nacho y Juan Manuel al son de la banda de los hermanos Young, llenando el piso de la camioneta de harinas de alfajor, incapaz de mirar otra cosa que no sea el cielo repleto de estrellas, totalmente feliz.


No me equivoqué. Sigo pensando que las canciones no cambian la vida de nadie. Que tiene mil veces más poder un beso o una caricia.

Lo que ignoraba era que mis canciones sí tenían un poder: el de cambiar mi propia vida.


Let me put my love into you, Colombita.


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Imagen tomada de: http://coyotemercury.com/images/post-illustrations/night_driving.jpg

viernes, mayo 01, 2009

CURA PARA LA INFLUENZA (y algo más...)


CURA PARA LA INFLUENZA
(y algo más...)

Yo tenía seis años y la modestia no era mi fuerte.

Acababa de decidir lo que pediría si me tropezaba con un genio encantado de esos que te arrinconan anunciándote el cumplimiento de un solo deseo -uno y sólo uno- y la respuesta era tan brillante que no podía evitar sentirme una suerte de Einstein de tierra fría.

Yo veía a los personajes de mis libros infantiles debatiéndose entre pedir dinero, amor o súper poderes para luego, y en virtud del poco sentido del humor que tiene la vida hasta en los cuentos, terminar en su mayoría regresando al punto de su miseria inicial. Pero yo no. Yo era el más genio de todos y ya tenía resuelto el asunto: el día que el inquilino de cualquier lámpara ofreciera cumplirme un único deseo, mi respuesta sería: “quiero tener el poder de cumplir todos mis deseos”.

¡Ja! ¡No contaban con mi astucia genios chichipatos! ¡Ahí tienen pa´que sigan de amarretes!

Claro. Lo que pasó después sugiere que la noticia de mi genialidad se filtró y los malditos cumplidores de deseos se confabularon para no cruzarse jamás en mi camino. Luego, en virtud del desuso y del smog de los años, dejé de creer en ellos y en mi brillantez.

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Sin embargo una buena idea siempre puede reciclarse y estoy por convencerme de la conveniencia de retomar mi fracasado proyecto para exprimir a los genios y de paso remozar el ego maltrecho.

Lo vi como una revelación cuando, en un mismo día esta semana, recibí una noticia y una cadena de mails.

La noticia, que se puede leer completa en http://mx.reuters.com/article/topNews/idMXN2753326220090427 y cuyo titular es “Iglesia saca Cristo de la Salud a calles de México por influenza”, da cuenta de eso mismo: la precesión pública -después de más de 150 años- a que fue sometida la imagen del Cristo de la Salud (¡existe un Cristo de la Salud!) con el fin de pedir la remisión del brote de influenza.

La cadena de mails no requiere mayor explicación y contenía la “Oración a la Virgen de Guadalupe para Nuestras Naciones por la epidemia de la Influenza Porcina”, debidamente firmada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México.

¡Caldito perfecto para mi maravillosa idea!

Pero antes un par de preguntas sueltas.

¿Por qué había que sacar a la calle al Cristo de la Salud? ¿No bastaba con ir a rezarle a su templo o hacerlo desde la casa? ¿Acaso, aburrido y anquilosado por siglo y medio de quietud pactó con el clero mexicano el justo negocio de paseo por milagro? ¿Necesita La Lupe una oración específica para la influenza porcina? ¿Los tradicionales petitorios sobre salud en general no garantizan la especificidad microbiológica que exige el momento?

¡Pero, bueno! ¡Me estoy dispersando y quiero ir a la idea!

¡Atentos epidemiólogos y público en general! ¡Apunten que voy a escupir brillantez!

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Lo que propongo es ser positivamente ambiciosos y soñadores, es olvidarnos por un momento de esta epidemia que, como cualquier otra con mayor o menor dosis de dolor, se auto limitará; es pensar un poco más allá, pensar en grande, pensar en el verdadero futuro de la humanidad, en el devenir de nuestros hijos, en la felicidad de las nuevas generaciones.

Lo que propongo es aprovechar adecuadamente el paseo del centenario Cristo de la Salud y su incontenible combinación con las oraciones a La Virgen, para pedir ya no la curación de la epidemia de influenza -circunstancial al fin y al cabo- sino algo más general, más global, ¡más más!

Pedir algo como –es simplemente una propuesta- la desaparición de todas las enfermedades infectocontagiosas o la desaparición del cáncer o la cura definitiva del SIDA -¡ah, no!, ¡ese no porque lo merecemos por sodomitas!-, quiero decir cualquier otro petitorio un poco más generoso; uno que nos permita optimizar el afortunado hecho de contar con nuestros modernos Genios de la Lámpara y su voluntad de concedernos un deseo.

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¡Digo! Es sólo una idea que a mí, me perdonan la inmodestia, me parece genial.

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Imagen tomada de: http://www.ojodigital.com/ojosdigitales/data/518/genio.jpg

jueves, marzo 19, 2009

BENDITA DUDA


BENDITA DUDA


En contravía de lo que muchos piensan, estoy convencido de lo siguiente: más que la seguridad en el actuar, es la duda permanente la que nos preserva del error. Y lo sostengo desde la experiencia de quien ha errado mil veces; tengo un máster en equivocaciones y eso me convierte en un sensei en el asunto.


Mencionaré dos ejemplos cercanos en el tiempo y que funcionan a la perfección para llegar a donde quiero.


El primero sucedió durante mis primeros días en Buenos Aires.

Fueron meses en los que hice víctimas a mis amigos argentinos de mi ortodoxia idiomática, esa acartonada costumbre colombiana que aquí, como en pocos lugares, me sentía en la obligación de ejercer.

No recuerdo cuántas veces les hice caer en cuenta de sus “destapaciones” o sus “galletiterías”. Todo un derroche de prepotencia acaramelada por el afecto, que me duró hasta que llegó la justicia que merecía y me puso en mi lugar. Ocurrió con la que era mi corrección favorita: la palabra CONSUMICIÓN. Para mí no existía esa palabra: lo correcto era decir CONSUMO. Jamás lo dudé y en esa ausencia de duda radicó mi imperdonable error. Tuve que leer CONSUMICIÓN en un cuento de Roberto Bolaño para salir corriendo a buscar el diccionario y encontrar avergonzado la palabrita esa que yo, burro ignorante, había desterrado del idioma simplemente porque no la conocía.


El segundo fue el pasado fin de semana.

Camino a la parada del colectivo y luego de habernos brindado una de las mejores cenas del último año, mi amigo Alantl Molina, intuyo que consciente del efecto hipnótico de los deliciosos tacos y la incomparable salsa de aguacate, se atrevió a confesarme que mi forma de escribir el nombre de su país resultaba ofensiva no sólo para él sino para la gran mayoría de sus compatriotas: como reafirmación de la sonoridad originaria de su nombre, ellos escriben MÉXICO y no MÉJICO como yo acostumbraba a hacerlo por simple intuición fonética.

Luego me llevó a profundizar no sólo en el origen de la discusión sino en el argumento que la zanja: la única grafía aceptada por la RAE es México, mientras que Méjico es considerado un error.


Dejo la discusión sobre la utilidad de los arcaísmos a los expertos. Mi única discusión furiosa es conmigo mismo y con ese vicio de bajar la guardia en el refinado arte de dudar.

Dos errores, uno por prepotencia y otro por ignorancia, me hacen merecedor del autorreproche; en ninguno de los dos puedo atenuar mi culpa: una sana dosis de duda me hubiera salvado del merecido oprobio.

Si hubiera dudado más, habría buscado el diccionario antes de hacer el ridículo corrigiendo los carteles de los bares que advertían sobre la CONSUMICIÓN mínima.

Si hubiera dudado tanto como pregono que debería hacerlo, no hubiera supuesto por años que las dos grafías para México eran correctas, ni hubiera agredido a una de las personas más brillantes que he conocido en los últimos años.

Sólo puedo prometer dudar más. Dudar de mí y de lo que creo saber, siempre y sin excepciones.

¡Ah! Y prometer también que de hoy en adelante sólo habrá equis para mis Méxicos: por cariño a mi amigo Alantl, por respeto a su país y por pánico a dejar de ser invitado a sus cenas sin consumición mínima.


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Dejo un soneto viejo que debería recordar más a menudo:


LA DUDA

(Pala)


Se han ido acumulando los mundiales

a un ritmo que jamás imaginara

el niño que, podrido de rituales,

vive (cada vez menos) tras mi cara.


Hoy, lejos de festines y algazaras

es raro que me escolten polvaredas

desde que el porvenir se me dispara

rompiéndome los ejes y las ruedas.


Me salvan los amigos – que en los dedos

se cuentan- y esa dosis de belleza,

que es una bofetada para al miedo.


Me queda, como última riqueza,

al lado de las ruinas de los credos,

la duda, que es mi máxima certeza.


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Imagen tomada de: http://mondomedico.files.wordpress.com/2008/03/duda.jpg

domingo, marzo 08, 2009

PREJUICIO O HIPOCRESÍA (Disquisición psicoactiva)


PREJUICIO O HIPOCRESÍA

Disquisición psicoactiva


Mi abuelo, nieto de colonizadores y heredero de sus esquemas mentales, siempre tuvo prejuicios ardorosos sobre los negros: prejuicios jamás rotos por un profesor, un libro o un discurso; o al menos no rotos hasta que mi tío, su hijo, trajo a casa su bellísima y dulcísima esposa negra. Así, mientras la casa de los abuelos se pintaba del más genuino color de Colombia, él, por arte del amor que no es otra cosa que el más profundo de los conocimientos, desterró su prejuicio mientras cargaba a sus hermosas nietas negras.

Mi abuelo sucumbió al prejuicio pero no fue hipócrita.


Prejuzgar es emitir un juicio sin el conocimiento necesario. Así visto, quien prejuzga sólo puede hacerlo desde cierto nivel de ignorancia; por eso, y en la medida en que la responsabilidad de la ignorancia no reside ni siempre ni en su totalidad en quien ignora, pienso en el prejuicio como en una práctica detestable pero no siempre exenta de explicación e incluso de excusa.


Otra cosa es la hipocresía. El hipócrita juzga sin el arropo de la ignorancia: insiste en prejuzgar habiendo conocido las razones para no hacerlo, y en la medida en que requiere la obcecada voluntad de negar las evidencias para perpetuar el prejuicio es, a mi modo de ver, imperdonable.


Hoy, casualmente tanto en Colombia como en Argentina, el tema de la despenalización y de la criminalización del consumo de drogas está en el palco de la opinión nacional. De eso quería escribir inicialmente, aunque luego, al recordar que sólo escribo para quienes quiero, entendí que debía hablar de prejuicio y de hipocresía porque la mayoría de mis personas queridas se mueven en esa cuerda floja cuando abordan el tema.


Mi punto va de una copita de aguardiente a un cigarrillo de marihuana, de un vino tinto a un porro; se mueve entre una copa de ron y un bareto, entre un vaso de Fernet y un faso. Hablo de la comparación entre el alcohol y el cannabis.


Algunas de las personas que conozco (muy pocas, en verdad), rechazan de modo visceral el consumo tanto de cualquier tipo de licor como de cualquier sustancia psicoactiva. Asumo que todas ellas conocen los riesgos de su consumo (aunque apostaría que no es así), y que priorizan la cruzada por la salud a cualquier roce con la exaltación de los sentidos. De ellas podría decir que abordan la vida de una manera diametralmente opuesta a la mía o que rozan el fundamentalismo, pero al menos en lo referente a este punto ni son hipócritas ni prejuzgan: no puedo más que considerarlas consecuentes. Por eso no escribo este post para ellas.


Escribo para quienes piensan que existen diferencias entre fumar un cigarrillo de marihuana y beber una copa de licor, y sostengo que todas ellas, entre quienes podría contar algunos de mis seres más queridos, no pueden sostener esa diferencia sin prejuzgar o sin convertirse en hipócritas.


Nadie con un mínimo de conocimientos en bioquímica podría sostener con seriedad que el cannabis es inocuo. No lo es. La socorrida tesis rastafari de que la hierba, por ser natural, está desprovista de efectos nocivos, no sólo es falsa sino que es absurda: si alguien está dispuesto a defender esa asociación lo invito a beber la infusión natural de la naturalísima planta de cicuta y luego hablamos: la naturaleza esconde sorpresas y venenos que a su vez pueden ser, por qué no, maravillosos, pero no por eso natural es necesariamente sinónimo de inocuo.


Sin embargo no es ése el punto. El punto consiste en preguntarse cuántas de las personas que rechazan el consumo de marihuana por sus posibles efectos nocivos, están dispuestas a rechazar con la misma vehemencia otra sustancia que produce los mismos efectos y en mayor proporción: el alcohol.


Vamos a los datos.


(Estudio de Jack E. Henningfield, PhD for NIDA, Reported by Philip J. Hilts, New York Times, Aug. 2, 1994 "Is Nicotine Addictive? It Depends on Whose Criteria You Use." )



Esta tabla pertenece a uno de los abundantes estudios comparativos entre sustancias psicoactivas y la elegí por la confiabilidad de la fuente y por lo pedagógico de su enfoque.

No hay que explicar mucho: con notable diferencia, el alcohol supera a la marihuana en su capacidad de generar dependencia, síndrome de abstinencia (withdrawall), tolerancia e intoxicación, además en aquello que los investigadores llaman reinforcement que consiste en la capacidad de una sustancia de inducir a su consumidor a combinarla con otras.



(Estudio de The United Kingdom's Science and Technology Select Committee. New Scientist Magazine. Issue 2563. August 2006, page 5. Drug-danger 'league table' revealed.)



En esta clasificación de las sustancias psicoactivas de acuerdo con su potencial nocivo (y en las muchas otras que conozco), el alcohol supera sin esfuerzo a la marihuana. Por simple curiosidad, ¿vieron el lugar del tabaco, tan frecuentado como el alcohol por la mayoría de los legisladores pro penalización?


La marihuana no es inocua, pero las evidencias científicas demuestran que es bastante menos lesiva que el alcohol.

Consumido en grandes cantidades y por períodos prolongados de tiempo, el cannabis puede generar deterioro neuronal, pero en proporciones inferiores al producido por el alcohol.

Puede también desencadenar un tipo de adicción, pero nunca en los porcentajes alcanzados por el alcohol.

Su potencial capacidad para inducir brotes de esquizofrenia en personas susceptibles es inferior a la del alcohol y es además muchísimo menos hepatotóxica.

Para no extenderme en esta reminiscencia médica, bastaría decir que no existe un solo ítem de nocividad en el que la marihuana supere al alcohol y no hay un solo argumento médico o biopsicológico que justifique aceptar un vaso de ron y rechazar un cigarrillo de marihuana: todos los argumentos en esa línea no son más que la perpetuación de un patrón social sin fundamentación científica.


Entonces, ¿por qué para la mayoría de las personas que conozco resulta tan aceptable que en una fiesta alguien consuma dos o tres copas de aguardiente, mientras consideran inadmisible que encienda un porro?

Esta es mi respuesta: porque la mayoría de nosotros no desarrollamos nuestros juicios a partir de una acumulación concienzuda de argumentos, sino que los heredamos y los aceptamos con su inevitable carga de prejuicios sin atrevernos a cuestionarlos.


Todos prejuzgamos. Lo hacemos a diario y con destreza. Sin embargo hay quienes se resisten a permanecer pasivos ante su defecto y buscan el conocimiento como la garrocha que les permite saltar el obstáculo entre el prejuicio y el juicio argumentado.

Otros, que por desgracia no son pocos, acceden al conocimiento pero lo ignoran, y el único camino que les resta es el de la hipocresía.


No es la intención de este post defender la legalización del consumo, aunque ésa sea mi postura personal. Lo que lanzo es una invitación a preguntarnos cada vez que observemos a alguien fumando un cigarrillo de marihuana, cada vez que escuchemos una historia sobre la hierba, cada vez que veamos un reporte televisivo sobre el cannabis, si la postura que estamos dispuestos a asumir frente a la marihuana es la misma que estamos dispuestos a asumir frente al alcohol. Si no es así, valdría la pena quitarnos la careta y llamarnos como sólo es posible: hipócritas.


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Imágenes tomadas de:

http://img165.imageshack.us/img165/8988/hipocresia0np.jpg

http://www.saferchoice.org/content/view/24/53/

lunes, febrero 23, 2009

DIVERTIMENTO ANALÓGICO (O de la afinidad entre la Batalla de Boyacá y la realidad gay)

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DIVERTIMENTO ANALÓGICO

(O DE LA AFINIDAD ENTRE LA BATALLA DE BOYACÁ Y LA REALIDAD GAY)



Cuando visité el famoso kilómetro 110 de la carretera que une Bogotá con Tunja donde se escenificó la batalla de Boyacá, me resultó casi imposible abstraerme del hermoso entorno turístico y remontarme a la escena del glorioso y sangriento 7 de agosto de 1819.

No pude, lo confieso, imaginarme suficientemente bien los ecos de los cañones que habían poblado los relatos de mis profesores de historia. Nada, entre la muy bien cuidada gama de verdes del parque monumento o entre el barullo de los turistas, me remitía al sangriento pasado que puso para siempre el bucólico lugarcito en el mapa del país y de la América Latina.

Pero no me hacía falta exprimir la imaginación. Yo sabía lo que había ocurrido allí y con o sin evocación sensorial, mi emoción era inmensa.


Sabía por los libros, por las clases, por la inalterable y repetida escenificación anual de la efeméride en los actos del colegio, que allí se había sellado de manera definitiva la independencia de Colombia. Luego vinieron otras batallas, es cierto, pero después de la de Boyacá, los acontecimientos se precipitaron como una bola de nieve y la emancipación de España se convirtió en un hecho inevitable, en la consecuencia lógica e indetenible de las jornadas previas, de los heroísmos acumulados, de las derrotas anteriores todas, cada una con sus aprendizajes: Boyacá fue una jornada épica, es indiscutible, pero de otro lado no fue más que la gota que rebosó una copa lista para derramarse.


La semana pasada vi la preciosa personificación que de Harvey Milk hizo Sean Penn en la película de Gus Van Sant y salí decidido a escribir un post sobre él, sobre Milk: el primer político abiertamente homosexual elegido para un cargo público en los Estados Unidos. Pero en ese período de madurar la idea ocurrieron dos cosas. Una de ellas fue que Penn ganó el Oscar como mejor actor lo que, a mi disgusto, le daba al post un tufillo más de actualidad que de opinión, y la otra, que cuando constaté que había montones de ejemplos tan valiosos como los de Milk para explicar mi visión sobre la cosa homosexual, terminé aceptando que limitarme a escribir sobre él era, en efecto y a mi pesar, una decisión de actualidad más que de opinión.


Pensé, por ejemplo, en Johanna Sigurdardottir, la actual Primera Ministra de Islandia, abiertamente lesbiana y perfecto botón de muestra para lo que terminó siendo la despaturrada idea final para este post: que el actual statu quo de la comunidad homosexual en el mundo se encuentra en el mismo sitio que la independencia de Colombia luego de la Batalla de Boyacá... justo a punto de librar algunos combates decisivos, pero también frente al panorama de una victoria que ya nadie podrá evitar, porque la fuerza de la historia, que es la única fuerza en verdad inmodificable, se ha echado a rodar como bola de nieve imposible de detener.


Muchos seguirán intentando pararla, claro. Las religiones en primer lugar con su histórica ceguera y su inveterada costumbre de amoldarse a la actualidad cien años después de que fuera actual. Basta recordar la década de los 60, cuando la Iglesia Católica enfiló toda su artillería contra la anticoncepción femenina y los derechos reproductivos de la mujer. Habría que mencionar que libró con ferocidad sus combates y, claro que dejó en el campo de batalla montones de mujeres traumatizadas por la lucha interna entre lo que les pedía su cuerpo y lo que les exigía su pastor; pero la guerra por la independencia femenina, por la separación entre la sexualidad y la concepción, (¡Oh pánico para las religiones!), esa guerra justa y hermosa, ya había tenido su Batalla de Boyacá, y lo que vino después como una refrescante avalancha de humanidad, fue el triunfo inevitable de la libertad y la derrota también inevitable del oscurantismo moralista.


El curso elemental de historia del género humano nos recuerda con ejemplos que los pocos grandes logros de la convivencia se han alcanzado siempre en contra de un obcecado grupo de personas cuyo número, luego de alguna lucha trascendental o de la suma de pequeños logros, disminuyó progresiva pero inevitablemente, si bien no hasta desaparecer, al menos hasta hacerse lo suficientemente insignificante como para no amenazar la victoria alcanzada.

Pasó con los derechos de los negros, desconocidos inicialmente sin excepción por el grueso de las sociedades no negras, luego defendidos por algunos pocos y finalmente calando en la mente del grueso de la humanidad como consecuencia de la suma de conquistas progresivas. Hoy, aunque lejos de haber alcanzado la igualdad de razas, al menos no existe posibilidad alguna -y el salto no es poco- de encontrarnos en Deremate.com la subasta de un lote de jóvenes bantús.

Pasó con los derechos civiles y laborales de la mujer, tan apoyados por la iglesia, pero sesenta años después de que las pioneras los consiguieran en contra de ella y de la sociedad de su tiempo.

Pasó también con el estigma de la unión libre en las sociedades católicas: lo que hasta hace poco era una barrera infranqueable para la inserción social y laboral, hoy no pasa de ser una anécdota. Sin importar que aún existan personas que se escandalicen, se quejen, o escriban columnas abogando por el regreso del matrimonio católico obligatorio, ya acumulamos puntos suficientes para ganar esa batalla decisiva y no hay pataleta que nos regrese al pasado.


Pues creo que con la homosexualidad ya cruzamos el feliz punto de quiebre.


Faltan mil cosas por lograr. Hay abismos de inequidad imperdonables. Siguen abundando los sermones (sí, sermones) intolerantes. Pero los Harvey Milk, los Virgilio Barco Isakson, las Johanna Sigurdardottir, mis amigos y amigas homosexuales, todos ellos y ellas con su suma de heroísmos, ya ganaron su esplendorosa Batalla de Boyacá y, aunque es posible que por la polvareda que dejan sus diarias y violentas batallas restantes, o por lo corta que resulta nuestra existencia, no alcancen a disfrutar el triunfo final en esta guerra, sí deben saber, adentro de su alma de guerreros dulces, que fueron todos ellos quienes empujaron la bola de nieve hasta lo alto de la cima y quienes la echaron a rodar cuesta abajo.

Habrá quienes convoquen ejércitos para detener la avalancha.

Yo, y los que sabemos que nada la detendrá, nos ponemos al lado del camino, como cuando pasan las carreras de ciclismo, para aplaudir y celebrar su paso.


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Imagen tomada de: http://anonymouspond.com/wp-content/uploads/2008/06/raising_gay_flag.jpg

jueves, febrero 12, 2009

BLACK POWER


BLACK POWER


Martes 7:45

Llueve torrencialmente desde que salimos del puerto de Colonia en Uruguay y el buque que nos lleva hacia Buenos Aires se mece como mi hamaca sanjacintana.

Mientras las gotas de agua estallan por miles sobre la gran ventana inclinada de popa, yo vuelvo a pensar en los negros.

Hace días que pienso en ellos.

En los cientos de miles de negros que llegaron a este continente entre los siglos XVI y XVIII y que, justo ahora que comienzo a marearme, puedo imaginar arrumados en oscuras bodegas de barcos de madera, condenados al pánico y a la acumulación de sus excreciones, cruzando el océano temido hacia un exilio eterno que devendría en raíz.

Negros todos ellos. Bantús, caravales, yorubas, mandés. Hijos de etnias rivales y luego hermanados por el látigo y el desarraigo.


Hace días pienso en ellos con insistencia, decía, y la chispa de ese pensamiento la encendió mi nuevo amigo, el mejicano Alantl Molina (* Les recomiendo visitar http://www.facebook.com/pages/tepeyac-usto/23967499251 ) quien en una conversación reciente, relató con su encantador acento mejicano suavizado en su paso por Guatemala y Venezuela, una historia que me deslumbró: la del pueblo Garífuna de Belice. Una comunidad descendiente de un cargamento de esclavos nigerianos que naufragó cerca de la isla de San Vicente y que fueron recibidos por los aborígenes caribes con quienes no sólo entablaron amistad sino que se cruzaron. Un pueblo afroamericano que creció en las inhóspitas selvas centroamericanas y en virtud de eso, aunque alejado por siempre de su Africa originaria, libre de las atrocidades de la esclavitud. Un pueblo negro nostálgico pero no esclavo. ¡Y hay que escuchar su música! Toda una delicada y riquísima sonoridad afro desprovista del dolor de la cumbia, de los matices rebeldes de los cantos yorubas o de la imperiosa sonoridad desafiante de los tambores de San Basilio de Palenque. Una música enraizada en lo más tribal del África negra pero tranquila y cadenciosa.

(* Pasen, si pueden, por http://www.stonetreerecords.com/albums/paranda.php , o por http://www.youtube.com/watch?v=xNqwo1KbIqc , o por http://www.youtube.com/watch?v=VeMrcPToPmQ ).

Y yo seguía pensando en ellos.

Tenía la imperiosa necesidad de sumergirme en los alucinantes territorios negros.

En la navidad pasada y en medio de no pocas copas, decidimos mis primeros amigos músicos y yo, meternos de cabeza al proyecto de revivir nuestra querida orquesta de salsa Kahlúa. Esa que fue para prácticamente la totalidad de los que la integramos, nuestro primer contacto serio con la música. Y planeamos hacer un disco vía virtual. Yo, entusiasmado con el asunto, volví a zambullirme feliz en los ritmos que jamás habríamos tenido si no hubiésemos sido bautizados por la herencia negra: sones, bombas, caballos, merengues, cumbias. Y de nuevo se me cae la quijada.

Escuchar a Totó La momposina o al Benny Moré es entender que hay una diferencia. Que lo que sale de una garganta negra o mulata, tiene una carga ancestral indefinible. Que aún en medio de su tragedia, lo que nos heredaron los africanos en no pocos casos supera lo que recibimos de Europa.


Y luego llego a Montevideo.

Mi amiga Naty Silveira, argentina con ascendencia y corazón uruguayos, nos llevó de la mano a los carnavales de Montevideo.

Fueron máscaras, tablados, murgas, candombe, sol y una lista adicional de placeres para los sentidos que no vienen a este post. Fue sentir una vez más el huracán negro, esta vez en pleno Río de La Plata.

Las murgas con su estremecedor mensaje contestatario, su aplicadísima polifonía, su sentido del humor afilado y su baile cadencioso.

Los tambores en todas partes. La simpatía negra y mestiza en los barrios.

Una deliciosa orgía para los sentidos.

(* http://www.youtube.com/watch?v=l9Pc6uN8DZU&feature=PlayList&p=AF77BD6963AC2D09&index=10 )



Ahora vuelvo a Buenos Aires en medio de un bamboleo incesante y un mareo que apremia.

Pensando en ellos y pensando en mí.

En que soy mucho menos negro de lo que quisiera y en que esta melanofilia que me ha acompañado siempre no es más que una suerte de envidia mal disfrazada; un deseo reprimido que sale a flote cuando suenan unos tambores y con insípida torpeza intento que mis pies digan lo que me salta en la sangre.

Negros que saben cantar. Negros que saben bailar. Negros que saben, como nadie, reír.

Negros que aprendieron a vivir sobreviviendo.

Cuando llegue el barco, cuando se me pase el mareo, brindaré una vez más por mis amados amigos negros y escucharé a Bola de Nieve.


Imagen tomada de: http://www.blogmuchoviaje.com/mujeres_en_africa.jpg



lunes, enero 26, 2009

FE

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FE
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Recuerdo, cuando estaba pequeño en mi pueblo, en las misas de la Parroquia de La Inmaculada, una señora que cantaba durísimo y que respondía a viva voz los salmos y las oraciones. ¿No se avergonzará de gritar tanto y de cantar tan desafinado?, era lo que mi cabeza de niño se preguntaba, pero mi padre resolvía mis dudas sentenciando: “¡Ojalá todos tuviéramos la mitad de la fe de esa señora!”.
Ese puede ser mi recuerdo más antiguo de ensalzamiento de la fe como una virtud. Luego de ese vinieron muchos discursos en la misma línea: las Capuchinas del kínder, los Jesuitas del San Ignacio, los profesores de la Pontificia Bolivariana, mis padres, mis abuelos, mis vecinos, los conductores de la televisión, los deportistas que admiraba: todos reforzando el valor de la fe como ideal. Y a mí me parecía de lo más normal: creer era una virtud, y como todos me decían que era así, así debía ser.
Pues no. No es así. Y me costó mucho tiempo, algunos libros y varias decepciones entenderlo, pero ahora, honestamente, me enorgullece haberlo hecho: la fe no sólo no es un valor, sino que constituye el más enquistado obstáculo para la evolución del ser humano.
La fe te invita a creer más allá de las evidencias –y en no pocos casos en contra de ellas- , pero aún no contenta con hacerlo, te convence de enorgullecerte por ello.
La fe desprecia la ciencia y lo hace porque le teme. La postura de las religiones frente a los descubrimientos científicos en los últimos mil años, es una cadena extensa y sorprendente de fracasos calamitosos. Pero ahí sigue. ¿Que resultó verdadero el heliocentrismo? ¡No importa! ¡Hoy podemos atacar la investigación en células madre! ¿Que la teoría darwiniana resistió el análisis de los años? ¡Todavía nos podemos acomodar con el Diseño Inteligente! ¿Que la datación geológica demostró que era falsa la “verdad bíblica” (¡!) sobre los 4.000 años de edad de la tierra? ¡Eso es trivial! ¡A dios gracias, todavía la inmensa mayoría “sabe” que es mejor creer que cuestionar!
“La ciencia será abolida” (1 Cor. 13,8) escribía con alegría Pablo de Tarso, y aunque su alucinada predicción no pudo estar más errada, su espíritu de felicidad ante la posibilidad de triturar el conocimiento esgrimiendo la inmunidad de la fe, se continúa transmitiendo hasta hoy entre sus correligionarios con un éxito vergonzoso.
La fe fabrica ficciones para eludir la única realidad que tenemos. “Puesto que los hombres han de morir, parte de ellos no podrá soportar esa idea e inventará todo tipo de subterfugios.”, escribe Michel Onfray, y remata: “Por apuntar al Paraíso, erramos la Tierra”.
Pero la lucha entre la fe y la inteligencia podría limitarse a los filósofos, a los teólogos, a las publicaciones y a los foros académicos, si no fuera porque la fe es hoy por hoy (y siempre ha sido así) la pólvora que incendia al mundo y la responsable directa de algunas de las mayores atrocidades que presenciamos.
Son ya miles los muertos en Palestina masacrados por un impune estado israelita que desenmascara la vergonzosa inutilidad de la ONU y que pareciera, en virtud del Holocausto, poseer licencia eterna de impunidad. ¿Las causas del enfrentamiento? Múltiples y confusas. Algunas se diluyen en el tiempo y se confunden con las que esgrime su enemigo, pero todas ellas, cada una de ellas, soportada por la certeza derivada de su Libro Sagrado que los hace acreedores a esas tierras polvorientas. ¿Alguien vio el título de propiedad? ¿Alguien se cuestiona seriamente sobre la autenticidad del libro? ¡No! ¡La fe es suficiente!
¡La fe! ¡Siempre la fe! La fe ciega detrás de los suicidas islámicos, la fe irreflexiva detrás de los colonos israelíes, la imperdonable fe detrás de los fundamentalistas cristianos de todos los tiempos.
Contrario al argumento de los creyentes tan bien presentado por Dostoievski en Los hermanos Karamazov y según el cual es imperativo creer en dios porque “si Dios no existe todo está permitido”, la historia muestra con creces todo lo contrario: es porque dios existe que todo está permitido.
La fe invita a la intolerancia, la fe promueve la segregación, la fe justificó en el pasado y sigue justificando hoy las mayores atrocidades que el ser humano puede concebir. En un reciente artículo el mejicano Jorge Volpi (en referencia a un libro de Christopher Hitchens) lo resume diciendo “(...) dios no sólo no es grande, sino que ha generado más perjuicios que beneficios y ha sido una fuente de opresión, una barrera para el desarrollo, y un eficaz sistema para reprimir la sexualidad y la libertad.”
Escribí una canción que dice “Qué bueno sería arriesgar el pulmón por perseguir aguaceros, ir por la vida sin plan ni jabón y con la fe del balsero”... si la fe del balsero es la de quien está convencido de estar haciendo lo necesario por avanzar hacia una vida mejor, apuesto por esa fe; pero si es la fe de quien espera que Ochún le salve de las olas, abjuro por siempre de ella, y de paso comienzo a pensar en una variación del texto para los shows en vivo.
No Papá. Estabas equivocado. No es deseable que todos tengamos la fe de la mujer en la iglesia.
Lo deseable sería que todos gritáramos como ella, así de fuerte, así de convencidos, pero de espaldas al atrio, mordiéndonos la mano ante la crueldad de la vida, pero liberados de ficciones que nos impidan enfrentarla con la claridad de nuestras mentes y el gozo de nuestros cuerpos.
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miércoles, enero 14, 2009

AEROPUERTOS

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AEROPUERTOS
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“Es eso que has dejado lo que persigues, si quieres saber lo que eres, tendrás que preguntárselo a las piedras y al agua, si quieres descifrar el idioma en que hablan los brujos de tus sueños, interroga las fábulas que te contaron la primera noche ante el fuego. Porque no hay río que no sea tu sangre, no hay selva que no esté en tus entrañas, no hay viento que no sea secretamente tu voz y no hay estrellas que no sean misteriosamente tus ojos. Dondequiera que vayas llevarás esas viejas preguntas, nada encontrarás en tus viajes que no estuviera desde siempre contigo, y cuando te enfrentes a las cosas más desconocidas, descubrirás que fueron ellas quienes arrullaron tu infancia.”

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Último párrafo de El País de la Canela, de William Ospina.

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Yo nací en Colombia y eso, en alguna medida, me hace lo que soy.

El escenario de mis recuerdos tiene un telón verde esmeralda con montañas jorobadas o una calle estrecha de ciudad por delante del mismo telón eternamente verde.

Yo vengo de un lugar donde los escritores buscan fantasías y encuentran realidades que superan la más alucinante de las ficciones.

Soy uno más de los que por decenios ha visto correr la sangre, y soy también uno de los que ha callado por el tedio y la desidia con que la repetición viste incluso a las mayores atrocidades cuando se prolongan en el tiempo.

Yo vengo del trópico frutal que hace sonrojar al edén con su erupción de mangos y guayabas, el mismo que humedece con lluvias incansables la tierra pantanosa donde han dejado sus huesos exploradores pioneros y campesinos asesinados.

Yo nací en la esquina norte de Suramérica donde la gente es cordial, afectuosa, sensible y alegre, sin que una sola sílaba de esos adjetivos magnifique un milímetro de la realidad, esa realidad donde también solemos ser otras cosas: inermes, insolidarios, egoístas.

Yo nací en Colombia y eso no me enorgullece.

Es posible que en algunas ocasiones me haga sentir afortunado y estimulado, pero no orgulloso. El orgullo no es otra cosa que la autocomplacencia ante un logro o un esfuerzo, y los colombianos como sociedad, tenemos muy poco de qué enorgullecernos y sí mucho de qué avergonzarnos.

¿La diversidad biológica? Puro azar geográfico.

¿Los triunfos deportivos y artísticos? Que sirvan de motivo de orgullo a quienes los consiguieron, en la mayoría de los casos en contra del entorno y rompiéndose la espalda.

¿La belleza de las colombianas? Triunfo del mestizaje genético.

Cuando me hablan de orgullo patrio siento que me sonrojo: no puse un sólo peso para la carrera de Juan Pablo Montoya en la Fórmula Uno ni le colaboré a Maria Isabel Urrutia, la campeona olímpica, con un sólo centavo; mi trabajo diario nada tiene que ver -¡lo juro!- con que en Muzo se produzcan las más hermosas esmeraldas del mundo, y pueden estar seguros de que si yo no hubiera nacido, Gabo habría ganado el Nóbel de todas maneras.

Por años he escuchado que el orgullo de ser colombiano es casi una obligación para merecer la ciudadanía y no es así. Todo lo contrario. En muchas ocasiones he sentido vergüenza por las cosas que suceden en mi país, y sigo convencido de que esa vergüenza no es más que el amor violentado: en un país como el mío, sólo la ceguera intencional o la ignorancia descomunal pueden conducir al orgullo y sólo la autocrítica feroz puede orientar a las nuevas generaciones para que no confundan prosperidad individual con mejoramiento colectivo.

Escribo estas letras en el Aeropuerto Internacional El Dorado mientras espero un vuelo que me llevará de regreso a Buenos Aires, que ahora es mi casa.

Pasan los aviones y yo comienzo a sentir que extrañaré el clima de Bogotá carente de humedad y con olor a cerros verdes, que comenzaré de nuevo a pensar en los amigos como el lugar exacto al que siempre quiero regresar, que rememoraré cada sabor a fruta tropical que me llevo en el paladar, que esta partida, como todas las anteriores, no será más que el inicio del nuevo regreso.

Soy colombiano y me gusta.

Soy colombiano y me duele.

Eso es lo que hay.

No me inviten jamás a emborracharme con aguardiente en nombre de la patria.

Llámenme siempre que programen una cumbiamba.

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Imagen tomada de: http://farm4.static.flickr.com/3086/2561522697_137ced49b3.jpg

miércoles, diciembre 17, 2008

YO VOY POR LA REELECCIÓN

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YO VOY POR LA REELECCIÓN
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Las vías para la demostración de una tesis son elementales: o la argumentación o la presentación de la evidencia. En Colombia no funciona ninguna de las dos.
El Presidente Uribe es adorado por su seguridad democrática en un país donde la seguridad sigue significando que las carreteras -antes infestadas de guerrilleros- hoy se puedan recorrer porque están infestadas de ejército, y donde la democracia no es más que el entramado moldeable al antojo de un gobierno que excluye la posibilidad de disenso.
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Pero si la argumentación es inútil a la hora de cuestionar la imagen del mesías, resulta más devastador que la evidencia incontrovertible lo sea también.
El gobierno de mi país ni ha conseguido la seguridad, ni está en vías de conseguirla, ni ha mejorado las condiciones de vida de sus ciudadanos, ni apuesta a ese destino. El día a día es la evidencia que no se puede controvertir.
Tenemos una guerrilla miope, asesina y desvergonzada, que brinda la mejor excusa de perpetuación a un gobierno desvergonzado y manipulador mientras el pueblo acrítico, presa de su católica necesidad de un salvador, cierra los oídos a los argumentos y los ojos a las evidencias.
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Mi pueblo sólo responde a las bofetadas, a los desgarramientos, al asalto final a sus bolsillos, al último de los gritos;
mi pueblo no escucha argumentos y juega a ignorar las evidencias.
Por eso - y sin ironías - deseo fervientemente que venga un tercer período de Uribe; si diera un paso al costado, le veríamos gobernar tras bambalinas cuatro años para regresar luego como Cristo Recargado y le temo mucho más a eso que al desplome inevitable que llegará con su tercer mandato: ese desplome en forma de cachetada que es el único que mi pueblo entiende.
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Imagen tomada de: http://www.apertura.com.pe/Fotos/reeleccion_es_corrupcion2.jpg


viernes, noviembre 21, 2008

MI CORO DE ÁNGELES

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MI CORO DE ÁNGELES
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Mi coro de ángeles tiene una sola integrante.
Y a veces ni canta.
Pero cuando sonríe no necesito más música.

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domingo, noviembre 16, 2008

LA PRIMAVERA ES UN ÁRBOL

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LA PRIMAVERA ES UN ÁRBOL
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Nací en un país sin estaciones.
Tardé cerca de veinte años en entender que las palabras primavera y otoño eran más que adornos para los versos y se podían palpar en la temperatura del viento.

Pasando por encima de sus estaciones secas y lluviosas, el clima del trópico en el que nací es tan estable que todavía hoy mi madre dice "hace mucho verano" o "hace mucho invierno" para referirse a los días especialmente cálidos o fríos.
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Y no es que eso estuviera mal. Todo lo contrario. Crecí en medio de una abundancia de frutas y productos vegetales que sólo es concebible en un lugar donde la altura sobre el nivel del mar garantiza todas las temperaturas todo el año. Además tengo marcado en mi retina un agresivo verde montaña que todavía hoy no he visto en otra parte.
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Sin embargo yo no sabía qué era la primavera.

Lo supe en La Habana y me lo enseñó el flamboyán.
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Un día, a principios de abril, salí en mi bicicleta y descubrí que las calles se habían convertido en un tapete rojo y amarillo cuya belleza me hacía respirar profundo, me iluminaba el camino y me hacía sentir feliz.
"Quizá una borrachera de cielo y flamboyanes" escribió Benedetti en una afortunada metáfora de la bella Habana.

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En Colombia había crecido viendo yarumos plateados, curazaos azules y orgullosos guayacanes amarillos, pero jamás había visto una ciudad cambiar de color en una semana y vestirse toda con las flores de sus árboles.
A Medellín se le conoce como la ciudad de la eterna primavera, y esa eternidad ausente de contraste es la que hace que no percibas el milagro del cambio estacional: la primera primavera que recuerdo es la Habanera y era roja y amarilla como los flamboyanes y me quitaba el aliento.
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Hace algunas semanas llegó la primavera a Buenos Aires y de nuevo se anunció con una trompeta florida: la de los jacarandás.
Los barrios, las avenidas, los parques, las plazas, exhiben una alfombra violeta imposible de ignorar. El color hace juego con los cortos vestidos de las colegialas, con las sábanas de los picnics y con los perros juguetones en los parques.
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Yo nací en un país sin estaciones porque las tenía todas al alcance todo el tiempo: esa es una maravilla que sólo se aprecia bien a la distancia.

Sin embargo esto de recibir la belleza estacional en megadosis repartidas no está nada mal.
A mí, por lo menos, los jacarandás y los flamboyanes florecidos, me hacen sentir hormonal e inevitablemente feliz y tal vez eso sea lo que muchos llaman el espíritu de la primavera.
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Imágenes tomadas de:
http://www.prosoundcommunications.com/whatsnew/archives/jacaranda.jpg
http://fichas.infojardin.com/foto-arbol/jacaranda-mimosaefolia.jpg
http://www.cubaenelmundo.com/pics/flamboyan1.JPG
http://oii.net/image/scrapbook/poinciana.jpg
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miércoles, noviembre 05, 2008

SI ME QUERÉS (La escafandra y la mariposa)


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SI ME QUERÉS
(La escafandra y la mariposa)
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Estuve viendo la película de Julián Schnabel "La escafandra y la mariposa", ¿la viste?
Si, esa misma, la del redactor de la revista Elle que luego de un accidente vascular cerebral sufre el "Síndrome del encierro": aunque tiene conciencia total de sí mismo y de su entorno, ha quedado cuadripléjico e inmóvil y no puede mover un sólo músculo de su cuerpo, o para ser exactos, sólo puede mover sus párpados. No come, no habla, no traga, no respira por sí mismo. Sólo parpadea.
Junto a sus terapeutas desarrolla un código de comunicación basado en sus parpadeos y en un viaje conmovedor, escribe un libro y vence su escafandra.

Pero no quería hablarte de la peli.
Si vos me querés, permitirás que te hable de lo que me hizo pensar.
Sobre lo que quisiera que hicieran conmigo los que me quieren, como vos, si paso por algo igual y sobre mi deseo de que no queden dudas acerca de lo que pienso.

Si me querés, sabrás que pienso en la vida como en un viaje. Uno que sólo concibo en movimiento. El movimiento de caminar por mi barrio o el de llevarme una copa de vino a los labios. Si me querés, sabés que para mí, estar inmóvil es estar muerto.

Si me querés, sabés que no le temo a la muerte. Que puedo decir, al igual que Mark Twain, que estuve muerto por miles de años antes de nacer y no experimenté el menor inconveniente por ello.

Si me querés, harás cuanto sea posible por darme una muerte tranquila.
Si sos médico y me querés, harás pasar por mis venas algo que me desaparezca sin dolor. Yo no podré darte las gracias personalmente, pero sabrás, porque me conocés y me querés, que me has hecho el mayor obsequio de amor. Y si no sabés cómo hacerlo, o no tenés los medios, buscarás cómo hacerlo porque me querés y eso es importante para vos. Y si no sabés hacerlo o no encontrás cómo, tendrás la elegancia de no emitir un juicio sobre quien lo haga y cumpla mi último ruego: el ruego de amor que aquí estoy haciendo.

Si me querés, mandarás a la mierda a quienes frente a mi cuerpo inmóvil pronuncien frases como "ha habido casos", "hay que esperar y mantener la esperanza" o "uno no sabe cuándo llegan los milagros", y lo harás porque sabés que no quiero enfrentarme a recuperaciones monumentales, que no sueño con engrosar las estadísticas mínimas, que no quiero escribir libros o canciones con lenguajes de párpados, que sólo quiero disfrutar un tipo de vida y es la que tengo hoy.

Si me querés, no vendrás a rezar frente a mi cama. Me darás el respeto que creo haberme ganado en vida y exigirás a los que rodean mi cuerpo inútil, que me lo den.
No permitirás, si me querés, que mi extinción se convierta en un espectáculo para enaltecer esa vergonzosa práctica llamada fe, ni dejarás que culto, religión o dios alguno tome cobarde posesión de mis despojos cuando no me puedo defender: tardé una vida entera para deshacerme de esas basuras y vos, que me querés, no permitirás que se salgan con la suya.

Si me querés, sabrás que he defendido esta posición por años y que el hecho de estar en silencio detrás de un respirador artificial, no te da el menor derecho a considerar la más mínima posibilidad de que haya cambiado de pensamiento.

Si me querés mujer, mamá, amigo, hermana, doctor, serás capaz de poner tus creencias alejadas de mí y entender que yo decido sobre mi vida y sobre mi muerte, porque si no, si me obligás a vivir mis últimos días bajo tus creencias y no bajo las mías, me habrás traicionado, me habrás escupido al rostro y quedará clarísimo que no me querés.

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Imagen tomada de http://www.sindioses.org/sociedad/eutanasia02.jpg

miércoles, octubre 29, 2008

BOLA DE CRISTAL

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BOLA DE CRISTAL
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PRESENTE
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El Presidente de Colombia y su Ministro de Defensa acaban de anunciar la desvinculación del ejército de 27 militares, entre ellos tres Generales de la República, porque por omisión o por acción, parecen estar implicados en la desaparición y asesinato extrajudicial de al menos una veintena de jóvenes en el municipio de Soacha al sur de Bogotá.
Todavía ningún tribunal ha condenado a los militares pero El Gobierno presentó el caso como una drástica decisión en pro de la defensa de los derechos humanos.
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PASADO, UNO.
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Más de 700 casos similares tiene en su poder la Fiscalía General de la Nación y cientos de denuncias más no llegaron nunca a la etapa de investigación formal.
Jamás se obró con tal celeridad ni en decenas de otros casos donde las pruebas eran incontrovertibles.
¿Habrá algún motivo especial para el despertar de la justicia militar?
¿Devino nuestro Presidente en defensor a priori de los derechos humanos?
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PASADO, DOS.
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¡McCain, McCain! ha sido el evidente grito de batalla que se ha escuchado en la Casa de Nariño desde que inició el proceso electoral en Estados Unidos. ¡Claro!. Con el candidato Republicano está casi asegurada al aprobación del TLC.
Pero el otro señor es horrible, el negrito, ¿cómo se llama?, ¿Barak Osama?.. ¡No!, ¡Obama!... !Con él no!
Obama condicionó su apoyo al TLC a la existencia de "claras señales" de interés del gobierno colombiano en la defensa de los derechos humanos y a pocos días de las elecciones, las encuestas dan al demócrata como virtual ganador del proceso.
¡Qué maravilla que el Glorioso Ejército Nacional siempre brinde motivos para castigarlo y mandarle señales al Presidente Negrito de que aquí sí se hacen respetar esos derechos que a él le gustan!
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FUTURO
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Ojalá significara todo esto algo más que un movimiento en la tabla de ajedrez del poder, pero no. Es sólo eso. Por eso mismo es tan
fácil sacar la bola de cristal y predecir: cuando los lobos se visten con piel de cordero y el pueblo los aplaude, todo lo que sea susceptible de empeorar, empeorará.
Disculpas pido por la mala leche, pero no disfruto que me digan imbécil a la cara.
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Imagen tomada de: http://arts.anu.edu.au/polsci/courses/pols1005/2007/Images/Picasso.Guernica2.jpg

viernes, octubre 17, 2008

ABELITO EN BUENOS AIRES

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ABELITO EN BUENOS AIRES
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Yo creo que tenía cara de bobo cuando salí del cafecito ese, el de la esquina de Paraguay y Pueyrredón, mientras el señor que me atendió, sí, ese mismo, el mesero mayor con rostro de dulce maestro jubilado que a vos te enamora, me miraba como extrañado y sin entender por qué le había dicho "gracias Abelito" cuando me entregó el vuelto, y claro que yo tampoco entendí en ese momento, pero luego sí, vos sabés, a mí me pasa mucho eso de entender después, como si me llegaran las ideas un poquito tarde, en cámara lenta, lo que está muy bien cuando las ideas son agradables, pero no tanto cuando repugnan, pero te decía que entendí por qué le dije Abelito a ese señor que no se llama Abelito, aunque si por casualidad se llamara así entendería lo de su sorpresa cuando ese, o sea este muchacho colombiano que pasa varias veces a la semana a tomarse el café lo llamó por su nombre, pero no es el caso, porque no creo que se llamara Abelito como el Abelito de verdad -¿te conté alguna vez de Abelito?-: era el señor que tenía la tienda del barrio en Yarumal, donde iba a diario por la leche cuando estaba chico y lo hacía con rabia porque había que bajar con la caneca vacía, lo que significaba inexorablemente subir luego con la caneca llena, sí, la caneca porque en esa época se compraba la leche en caneca y no en bolsas; bajar -te decía- hasta El Plan, que era donde estaba la tienda, y aquí tenés que reparar en el singular de la palabra, porque recordarás que si mi pueblo tiene algo, son faldas, tanto que no hay varios "planes" sino uno, "El Plan", donde mi papá me enseñó a montar en bicicleta y donde estaba la tienda de Abelito, que no te la describo porque vos conocés alguna tienda de barrio en Colombia y entonces las conocés todas, tan iguales en su tropical diversidad, porque la de Abelito era igual a la que estaba a la salida del colegio en Medellín, o a la de Modelia en Bogotá a la vuelta de la casa de Andrés Correa, pero hoy no estaba ni en Bogotá ni en Medellín ni en Yarumal sino en el Café Guaraní y no entendí por un momento a qué venía eso de sacar del sombrero de la memoria el nombre de Abelito y ponérselo al señor que no se llamaba Abelito ¡pero que es tan hermoso! como vos decís, sí, con esa dignidad de los que envejecen al frente de su oficio y que a vos te encanta -¡aceptalo!- porque te mira con esa coquetería crepuscular que hasta yo disfruto, pero que, aceptémoslo también al menos en pro de la historia, no se puede llamar Abelito porque si no, para qué te estoy contando esto si no es para decirte que entendí poco después que el asunto no tenía que ver con ninguno de los dos personajes sino con los lugares, quiero decir, La Tienda de Barrio colombiana y El Café de Barrio de Buenos Aires que son, si vos pensás, similares en su encanto porque, no me digás que no, es una maravilla eso de poder comprar una minucia y quedarse reposando, leyendo, coquetendo -¡yo no, sería incapaz! ¡lo digo por generalizar!- o mirando que pasen los carros por un tiempo largo sin que te apuren como pasa en los restaurantes elegantes, porque eso de ver a la gente afuera haciendo cola y mirando tu mesa con voracidad es muy incómodo, pero en el Café Guaraní no pasa, ni en ningún otro café, ¿te das cuenta?, uno puede pedir un cafecito y quedarse una o dos horas sin que siquiera te recojan el jarrito vacío, igual que en las tiendas, sean de Abelito o de como se llame el tendero, donde uno puede comprarse una cerveza y sentarse en el andén a compartir sin apuros ese encantador aire de las tardes colombianas que, no me digás que no, son encantadoras, y se pasa el rato y uno se va cuando quiere, exactamente cuando uno quiere, como lo hice yo hace un rato, que terminé mi libro, pagué, esperé el vuelto y me despedí de nuestro mesero encantador con ese "gracias Abelito" que venía de mi prehistoria y que él no entendió, pero yo sí, aunque fuera un poquito después... ¿ves las cosas tan raras que le pasan a uno?
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Imágenes tomadas de: http://www.correvedile.com/literatura/columnasperiod/decoradores/tienda-esquina.jpg y http://www.photoseek.com/05ARG-10348.jpg