
Al principio, y parece un recuerdo brumoso en un pasado remoto, lo que estaba prohibido transportar en los aviones eran las armas.
Luego, cuando llegó el terrorismo del narcotráfico, al afectuoso toqueteo policial se sumó una olfateada de perro: se buscaban, además de las armas, explosivos.
Pero luego llegó ese 11 de septiembre que supuestamente cambió la historia, (en especial si entendemos por historia la visión semianalfabeta del mundo que tiene el gringo promedio y por cambio su novedosa sensación de inseguridad) y desde entonces la paranoia imbécil no se ha detenido.
Esta semana, en el aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México se nos prohibió el ingreso de un molcajete a la cabina del avión en nuestro equipaje de mano. El molcajete es una especie de mortero tallado en piedra volcánica para triturar especias que traíamos para nuestra cocina con el fin de maquillar la condición de chefs inexpertos con el uso, al menos, de utensilios llamativos.
Sabía de la prohibición de transportar líquidos, aunque nunca la entendí. ¿A quién carajos se le ocurriría asaltar un avión esgrimiendo un Chanel N°5 o esparciendo laca de pelo en los ojos del capitán?
Sabía de la prohibición de los cortaúñas, aunque tampoco la entendí. ¿En serio alguien considera que la cabina de un Airbus tiene el mismo nivel de accesibilidad que un uñero?
Si. Lo sé. El trasto este que intentaba llevar a mano consiste, palabras más palabras menos, en un par de piedras bien pesadas con las que sin duda alguna y a diferencia del cortaúñas y el shampoo, podrías hacer trizas el cráneo de un piloto desprevenido. No se me pasó ese detalle. Y si así hubiera sido, ahí estaba el oficial mal encarado para recordarme con voz postiza que el impedimento radicaba “en el carácter contundente del objeto”. Como quien dice: si descalabra, no pasa.
Pero todo estaría muy bien si no fuera porque una vez que te quitan los objetos contundentes en el filtro de ingreso, puedes pasar a las tiendas del aeropuerto y comprar, como de hecho lo hicimos, todas las botellas de licor que quieras e ingresarlas a la cabina sin impedimento alguno.
¡Coño! ¿No han visto las películas? ¿No saben que el tequila te puede romper la cabeza no sólo metafórica sino realmente? ¿Desconocen que una botella de Gato Negro es tan peligrosa por su sabor como por su carácter de garrote?
¿Y son tan burros realmente? ¡Claro que no! Simplemente son víctimas de la imbecilidad institucionalizada. Esa que se ve en todos nuestros países y a la que terminamos acostumbrándonos porque se convierte en parte del paisaje.
Nosotros tuvimos que regresar al mostrador de la aerolínea y aforar nuestro molcajete.
El oficial nos vio reingresar, satisfecho, sin el instrumento asesino en nuestras manos.
La chica de la tienda nos vendió las botellas de mezcal que luego la aeromoza nos ayudó a acomodar en los compartimentos del avión.
El mundo siguió su marcha.
Y podría jurar que en algún lugar del mundo George Bush sonreía.
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