
Contrario a lo que piensan muchos (que la política nos tiene jodidos), lo que yo pienso va en la dirección contraria: estamos absolutamente jodidos por la ausencia de cultura y de conciencia política.
Una de las experiencias más sorprendentes que viví en mis días en La Habana, tuvo que ver con Manolito, un joven amigo, con una postura antigubernamental y casi pronorteamericana (lo que es una rareza en la isla).
Era un viernes y lo llamé para que pasara por mi apartamento en la tarde y escucháramos una música que me acababa de llegar de Colombia. El hombre, que en cualquier otra situación hubiese aceptado, se excusó de asistir por una razón tan inverosímil que me resultaba imposible ponerla en duda: El Comandante hablaría en la televisión y él no podía perderse el discurso.
He ahí una el hecho que deseo enfatizar: ningún concepto, ningún alegato que desee merecer el adjetivo de respetable, puede nutrirse de algo diferente a la observación profunda y el análisis detallado. La política es el ejemplo preciso de esa necesidad.
Pues aquí nada de eso sucede. Y esa es nuestra tragedia.
Voy a referirme sólo a un concepto que, por definitivo, me resulta suficiente. (Hay más pero no se trata de extendernos). Voy a hablar de la responsabilidad política.
La responsabilidad política se refiere a la deuda que un líder político adquiere, en virtud del desempeño en su cargo, de los nombramientos que ejecuta y del uso del poder. No se relaciona siempre con sus actos personales, muchas veces se presenta como consecuencia de los actos de sus subalternos: nombrados y avalados por él mismo. Es la responsabilidad política lo que permite, en alguna medida, garantizar la transparencia de las políticas estatales y la que impide que los superiores se escuden en los errores de sus subordinados para evadir una responsabilidad que globalmente les compete.
Vamos a los ejemplos.
En España, tras los atentados de Atocha, Aznar acusó directa y categóricamente a ETA como el responsable del asunto. Pronto se demostró que era responsabilidad del terrorismo islámico.
Ese error, y el de haber desplegado tropas en Irak en contra de la opinión pública, le fue cobrado en las urnas por el electorado que optó por el PSOE en cabeza de Zapatero: tuvo que asumir, a la fuerza, la responsabilidad política de sus actos.
El famoso Watergate es otro ejemplo perfecto.
En 1974, el presidente norteamericano Richard Nixon, renunciaba a la presidencia, cuando salió a la luz pública la escandalosa información referente al espionaje que sus copartidarios habían realizado en la sede del comité electoral del opositor partido demócrata.
Aún no se demostraba culpabilidad del presidente en el asunto, pero la responsabilidad política - y la indignación de la opinión pública- le obligaba a dar un paso al costado.
Ahora vamos a lo nuestro.
A nuestra total ausencia de responsabilidad política: el proceso 8000 viene como anillo al dedo.
Es increíble que la discusión política se hubiese centrado en si Samper sabía o no de la infiltración de dineros del narcotráfico en su campaña. Ese era -y es aún- un asunto legal y personal que atañe a la justicia y a la persona del señor Samper, pero desde el punto de vista político su responsabilidad era una sola. Una vez demostrada la infiltración de dinero tendría que haber renunciado: su triunfo se debió, en parte a dinero ilícito y eso deslegitimaba su elección.
Pues nada pasó: el concepto de responsabilidad política no terminó significando nada para él ni para los colombianos.
Pero el ejemplo más decepcionante es el actual: el de nuestro presidente Uribe.
No hablo de si él tiene, tuvo o ha tenido vínculos con el paramilitarismo. Tengo mi concepto al respecto pero es a la justicia a quien corresponde definir si ese nexo ha existido o no.
Lo que no tiene asomo de discusión en estos momentos, es que la gran mayoría de los parlamentarios que apoyaron la elección de Uribe con sus votos regionales, llegaron al poder aliados con el paramilitarismo y lucrándose de sus presiones armadas y de su dinero producto del narcotráfico.
Lo que es lo mismo: nuestro presidente fue elegido en gran medida no por el pueblo, sino por los paramilitares que presionaron su elección.
No sabemos si tiene responsabilidades penales, y hay que concederle el beneficio de la duda. Lo que sí no dudo, es que tiene una responsabilidad política que, como es costumbre en Colombia está evadiendo.
Defendió enardecidamente a su director del DAS (por quien él puso la mano en el fuego), ahora preso por paramilitarismo.
Acusó por intermedio de su ahora ministro de defensa a Rafael Pardo de vínculos con las FARC, lo que generó una gran respuesta de indignación nacional hasta que se demostró la falsedad de sus acusaciones.
Pidió que se buscara la verdad del proceso parapolítico hasta el fondo y cuando aparecieron informaciones que salpicaron a sus colaboradores cercanos, en la voz de su ministro del interior, pidió no creer en todo lo que los paras decían. (???).
Ha lanzado acusaciones febriles a sus opositores (lo que en este país es igual a poner una lápida en la frente).
Sí, señores: la más triste de nuestras carencias como nación, es la referente a nuestra cultura política.
Lo que nos desgarra es nuestro absoluto desinterés en ese tema.
Por eso elegimos a un mesías y no a un gobernante.
Y porque lo vemos como un mesías y no como a un gobernante, somos incapaces de recordarle que tiene una responsabilidad política que no puede eludir y le seguimos dando índices de popularidad mayores al 70%.
¡Ay! ¡Colombita!
Somos el vivo ejemplo de que cada pueblo tiene los gobernantes que merece.

