viernes, febrero 23, 2007


¡AY! ¡COLOMBITA!

¿Más política?
¡Sí señores! ¡Más política!
Contrario a lo que piensan muchos (que la política nos tiene jodidos), lo que yo pienso va en la dirección contraria: estamos absolutamente jodidos por la ausencia de cultura y de conciencia política.
Una de las experiencias más sorprendentes que viví en mis días en La Habana, tuvo que ver con Manolito, un joven amigo, con una postura antigubernamental y casi pronorteamericana (lo que es una rareza en la isla).
Era un viernes y lo llamé para que pasara por mi apartamento en la tarde y escucháramos una música que me acababa de llegar de Colombia. El hombre, que en cualquier otra situación hubiese aceptado, se excusó de asistir por una razón tan inverosímil que me resultaba imposible ponerla en duda: El Comandante hablaría en la televisión y él no podía perderse el discurso.
He ahí una el hecho que deseo enfatizar: ningún concepto, ningún alegato que desee merecer el adjetivo de respetable, puede nutrirse de algo diferente a la observación profunda y el análisis detallado. La política es el ejemplo preciso de esa necesidad.
Pues aquí nada de eso sucede. Y esa es nuestra tragedia.
Voy a referirme sólo a un concepto que, por definitivo, me resulta suficiente. (Hay más pero no se trata de extendernos). Voy a hablar de la responsabilidad política.
La responsabilidad política se refiere a la deuda que un líder político adquiere, en virtud del desempeño en su cargo, de los nombramientos que ejecuta y del uso del poder. No se relaciona siempre con sus actos personales, muchas veces se presenta como consecuencia de los actos de sus subalternos: nombrados y avalados por él mismo. Es la responsabilidad política lo que permite, en alguna medida, garantizar la transparencia de las políticas estatales y la que impide que los superiores se escuden en los errores de sus subordinados para evadir una responsabilidad que globalmente les compete.
Vamos a los ejemplos.
En España, tras los atentados de Atocha, Aznar acusó directa y categóricamente a ETA como el responsable del asunto. Pronto se demostró que era responsabilidad del terrorismo islámico.
Ese error, y el de haber desplegado tropas en Irak en contra de la opinión pública, le fue cobrado en las urnas por el electorado que optó por el PSOE en cabeza de Zapatero: tuvo que asumir, a la fuerza, la responsabilidad política de sus actos.
El famoso Watergate es otro ejemplo perfecto.
En 1974, el presidente norteamericano Richard Nixon, renunciaba a la presidencia, cuando salió a la luz pública la escandalosa información referente al espionaje que sus copartidarios habían realizado en la sede del comité electoral del opositor partido demócrata.
Aún no se demostraba culpabilidad del presidente en el asunto, pero la responsabilidad política - y la indignación de la opinión pública- le obligaba a dar un paso al costado.
Ahora vamos a lo nuestro.

A nuestra total ausencia de responsabilidad política: el proceso 8000 viene como anillo al dedo.
Es increíble que la discusión política se hubiese centrado en si Samper sabía o no de la infiltración de dineros del narcotráfico en su campaña. Ese era -y es aún- un asunto legal y personal que atañe a la justicia y a la persona del señor Samper, pero desde el punto de vista político su responsabilidad era una sola. Una vez demostrada la infiltración de dinero tendría que haber renunciado: su triunfo se debió, en parte a dinero ilícito y eso deslegitimaba su elección.
Pues nada pasó: el concepto de responsabilidad política no terminó significando nada para él ni para los colombianos.
Pero el ejemplo más decepcionante es el actual: el de nuestro presidente Uribe.

No hablo de si él tiene, tuvo o ha tenido vínculos con el paramilitarismo. Tengo mi concepto al respecto pero es a la justicia a quien corresponde definir si ese nexo ha existido o no.

Lo que no tiene asomo de discusión en estos momentos, es que la gran mayoría de los parlamentarios que apoyaron la elección de Uribe con sus votos regionales, llegaron al poder aliados con el paramilitarismo y lucrándose de sus presiones armadas y de su dinero producto del narcotráfico.

Lo que es lo mismo: nuestro presidente fue elegido en gran medida no por el pueblo, sino por los paramilitares que presionaron su elección.

No sabemos si tiene responsabilidades penales, y hay que concederle el beneficio de la duda. Lo que sí no dudo, es que tiene una responsabilidad política que, como es costumbre en Colombia está evadiendo.

Defendió enardecidamente a su director del DAS (por quien él puso la mano en el fuego), ahora preso por paramilitarismo.

Acusó por intermedio de su ahora ministro de defensa a Rafael Pardo de vínculos con las FARC, lo que generó una gran respuesta de indignación nacional hasta que se demostró la falsedad de sus acusaciones.

Pidió que se buscara la verdad del proceso parapolítico hasta el fondo y cuando aparecieron informaciones que salpicaron a sus colaboradores cercanos, en la voz de su ministro del interior, pidió no creer en todo lo que los paras decían. (???).

Ha lanzado acusaciones febriles a sus opositores (lo que en este país es igual a poner una lápida en la frente).

Sí, señores: la más triste de nuestras carencias como nación, es la referente a nuestra cultura política.

Lo que nos desgarra es nuestro absoluto desinterés en ese tema.

Por eso elegimos a un mesías y no a un gobernante.

Y porque lo vemos como un mesías y no como a un gobernante, somos incapaces de recordarle que tiene una responsabilidad política que no puede eludir y le seguimos dando índices de popularidad mayores al 70%.

¡Ay! ¡Colombita!

Somos el vivo ejemplo de que cada pueblo tiene los gobernantes que merece.




lunes, febrero 12, 2007




TOROS

El punto no es si el toreo representa o no una manifestación artística o si las ferias taurinas depositan jugosas donaciones en hospitales y obras de beneficencia.
El punto no es si los toros de lidia tienen una vida idílica antes de la corrida y eso justifica su sacrificio.
Pienso -esa es mi visión-, que el toreo no es un arte, que las donaciones son un argumento livianísimo (se me vienen a la cabeza las donaciones de Rodríguez Gacha y Pablo Escobar) y que ofrecerle una buena infancia a su hija, no autoriza al padre a violarla cuando llegue a la adolescencia.
Pero ese, vuelvo y repito, no es el punto.
El punto, frente a las lidias de toros, se refiere a las prioridades. A esas prioridades que debería tener una sociedad que pretende construirse civilizadamente.
Quiero citar al encantador filósofo francés André Comte-Sponville: "... ante el horror - el cáncer, la guerra, la miseria-, filosofar no es lo más urgente. En un servicio de oncología, (...), en primer lugar, hay que curar a las personas, aguantar, resistir, combatir."
Habla de prioridades.
El filósofo, que escribe para presentarnos a la filosofía como el camino sencillo y simple hacia la felicidad (por una ruta de la que prometo escribir algo pronto, porque me trae loco), reconoce sin ambages que hay momentos en los que filosofar no es prioritario: hay algo más importante que obliga a posponer el asunto.
¿Y eso qué tiene que ver con la tauromaquia?
¡Pues mucho!
He escuchado estas semanas un repetido y reciclado reproche hacia los detractores de las ferias taurinas y que podría resumir en: "sólo creo a los antitaurinos vegetarianos".
Pues yo como carnes rojas y soy antitaurino; y no existe contradicción alguna en esa postura.
No la hay por la sencilla razón de que los comportamientos sociales han de estructurarse de acuerdo a prioridades éticamente sustentables.
Una de ellas es la que nos enseña que primero está comer que disfrutar: no está en el mismo nivel de valor ético el sacrificio de un animal para la diversión (o el arte) que su sacrificio para la alimentación.
¿Y si existiera un amante de la tauromaquia para quien el arte del matador de toros tuviese un valor tan alto como el alimento?
¡Pues lo siento!
Tampoco se justifica porque hay una prioridad superior, que tiene que estar por encima de cualquier arte: la obligación de no inflingir dolor deliberadamente a un ser vivo.
¡Ojo!, que no estoy utilizando términos como tortura o masacre (con los cuales estoy de acuerdo pero cuyo uso no viene al caso). Hablo de inflingir dolor.
Nadie con un ápice de materia gris funcional puede atreverse a controvertir el hecho de que el toro, como vertebrado y mamífero, posee un sistema nervioso de máxima complejidad, con la característica -entre muchas otras- de sentir dolor como principal elemento reflejo de defensa.
Así que si volvemos al asunto de las prioridades, el respeto al dolor del animal está por encima de la valoración artística de su lidia. Y punto.
Y algo más: en Colombia, específicamente, cualquier aproximación deliberada a la muerte de un ser vivo, por muy artística que sea, tendría que avergonzarnos: ¡Ya deberíamos haber crecido un poco para entenderlo, ¿no?¡

Posdata:
Un soneto de estos días, para cerrar el asunto.


TORERO
Pala

Si Bush es un político brillante,
si cobra lo que es justo el cirujano,
si cuida del cadete el almirante,
si es nido de bondad El Vaticano.

Si don José Galat es buen cristiano,
si al mundo le interesa el emigrante.
Si el Papa es mesurado y espartano
y yo tengo una voz alucinante.

Si Augusto Pinochet fue un humanista,
si busca el bien común el aduanero,
si es un benefactor el prestamista.

Si tiene independencia el noticiero,
si lucha por el pobre el congresista,
entonces, es artista su torero.






miércoles, febrero 07, 2007




POR QUÉ SOY HINCHA DE LA EQUIDAD



Desde mediados de la década de los ochenta hasta finales de 1994, fui hincha fiel y acérrimo del Atlético Nacional de Medellín.
Lo de fiel y acérrimo lo pueden certificar mis amigos -que me acompañaban al estadio a todos los partidos de local -, mi abuela - que lavó persistentemente mis camisetas llenas de helado, grasa y restos alimenticios de los alrededores del Atanasio Girardot-, mi novia de ese entonces -que me vio más de una vez cambiando un encuentro feliz de fin de semana por un viaje con el equipo - y mi profesor de computadores en quinto semestre que me llamaba insistentemente para el examen final mientras yo regresaba exausto, parado y sin voz desde Bogotá, luego de ver al equipo coronarse como el primer campeón colombiano de la Copa Libertadores de América.
El idilio duró hasta el asesinato de Andrés Escobar.
Poco hay que agregar al respecto: la pérdida de esa inocencia, hizo que mi patética pasión adolescente cediera el paso a unos esporádicos rencuentros con el fútbol desprovistos de todo apasionamiento visceral.
Sin embargo, y como dice algún filósofo popular relacionado con el deporte de las multitudes y cuyo nombre no recuerdo: "pienso de que en juego largo hay desquite".
Desde hace tres años, inicialmente como consorte acompañante y luego como hincha convencido, he vuleto a enamorarme del fútbol y -lo que es mucho más disfrutable- he vuelto a enamorarme de un equipo.
Hoy soy hincha de La Equidad; y a lo que vine, fue a explicar mis razones: no porque crea que haya dimitido de nada y eso necesite ser explicado (hace tiempo que creo que los compromisos vitales pasan por otras cosas realmente trascendentales), sino porque lo he disfrutado tanto que creo que merece ser compartido.
La primera razón es, paradójicamente, pasional: amo las causas difíciles.
Comencé a ver al equipo en el Barrio Olaya, en el torneo de ascenso y en el hexagonal de fin de año.
Lo que vi ahí fue una revelación: ¡futbolistas que amaban el fútbol ! (no estrellas pendientes de las cámaras), ¡familias enteras que seguian a esos futbolistas! (no colegialas en celo), ¡muchachos que jugaban el partido completo y salían, como todos los hinchas, a tomar el bus a casa! (no imitadores de cantantes de hip-hop encendiendo sus Mercedes Benz ruidosamente).
Resumo: reencontré la imagen más esencial y preciosa del fútbol: un deporte de grupo en el que muchos ponen su corazón y su futuro.
Entonces comencé a regresar lenta pero firmemente a la cancha. (¡A la cancha!¡¿No es esa una palabra mil veces más poética que estadio?!).
Entonces vino el 2006 y con él, mi segunda razón: pude ver de cerca, algo que constituye una rareza en nuestro panorama futbolístico y que por eso mismo, hay que pregonar: una empresa que asumió el deporte como una vía clara para ejecutar su presupuesto social. Una empresa que se lanza a invertir fuertemente (ya lo había hecho desde hace una veintena de años para ser justos, pero no con tanto énfasis) en el objetivo de ascender al torneo profesional. ¡Y asume el reto como un compromiso empresarial!: se elabora un presupuesto anual, se garantizan los compromisos con los empleados-futbolistas, se fortalece la estructura interna del club, se hacen las cosas como se deben hacer, que es exactamente como nadie las hace en ese terreno y en este país.
¡Y como en las buenas películas, los que hacen las cosas bien, ganan! : ¡tuvimos un par de torneos perfectos que hoy nos tienen en la rama profesional!
Pero para el final me he guardado la última razón, la que hoy más me engancha: ¡La Equidad no tiene barras bravas! ¡No quiere tenerlas! ¡Busca educar antes que ganar!
¡Eso es lo que realmente me enamora!
He visto las barras enardecidas. Los muchachos haciendo piruetas para ingresar cuchillos al estadio. Los jóvenes cantando que darían su vida por un equipo.
¡No puedo imaginar una imbecilidad mayor!: es la muestra de que, tristemente, no han entendido nada sobre la poesía del fútbol.
Mi equipo, nó.
¡Claro que insultamos a uno que otro árbitro hijo de puta! ¡Claro que nos duele el equipo! ¡Claro que hemos llorado de alegría con sus triunfos!
Pero termina el partido y todos regresamos a casa satisfechos porque los muchachos sudaron la camiseta y nosotros lo único que golpeamos fueron nuestras cuerdas vocales adoloridas.
Soy hincha de La Equidad.
Eso me hace muy feliz.
Eso -lo digo sin modestia- creo que habla muy bien de mí y de mis coapasionados (¿debo decir coo-apasionados?).
Y seguiré siéndolo hasta que consiga una hinchada violenta. Si eso sucede (¡espero que no!), me iré para cualquier otro equipo... ¡bueno!, para cualquiera, excluyendo el que proyecta lanzar el Vaticano en la liga italiana.
¡Arriba mi Equidad!
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