Empecemos por este link: http://br.youtube.com/watch?v=RnmBaWy4DJo. Pueden abrirlo y esperar a que cargue mientras yo les hecho el cuento.
Mis amigos tienen la peculiaridad de enviar a mi correo sus más cómicos y disparatados hallazgos en el mundo maníaco del internet. Casi todos los veo y en todos los casos -mis amigos tienen en su gran mayoría un agudísimo sentido del humor- me destornillo de la risa.
Pero lo que me quedó luego de ver el link anterior no fue principalmente un sentimiento de risa (¡claro que me reí!), sino uno de agradecimiento profundo: ¡Hace días vengo hablando de esto y el video parece haber sido hecho a propósito! ¡Mil gracias, Willy!
A estas alturas, y si su computador es un modelo superior a un 486 con 125 de RAM, ya debe haber visto el video: es el archifamoso "Niño Predicador". (Si no, es el momento de esperar a que cargue y verlo acompañado de un cafecito.)
Descontando los poquísimos y desventurados cristianos evangélicos que pasen por esta página, doy por sentado que al resto de los amigos que me leen, todos con un cerebro útil, la imagen sobreactuada del desafortunado niño, les sacó al principio una sonrisa para, finalmente, terminar generándoles algún grado de compasión por el infante manipulado. Yo siento lo mismo, pero el punto no es ese.
El punto es que la situación de este niño, salvo por el nivel de exposición televisiva, no se diferencia en nada de la que vivimos la inmensa mayoría de nosotros en nuestra infancia, que es igual a la que viven hoy la mayoría de nuestros niños.
No existe -¡no puede existir!- algo como un "niño cristiano" o un "niño musulmán" o un "niño budista". Existen niños hijos de padres cristianos, hijos de padres musulmanes o hijos de padres budistas. Y ahí empieza el barullo.
La decisión sobre la creencia religiosa debería ser una decisión personal y consciente. Eso exactamente es lo que ningún niño puede hacer, porque no tiene ni una personalidad ni una conciencia desarrolladas. Es dramáticamente vulnerable a las enseñanzas de sus mayores y los adoctrinadores religiosos lo saben muy bien: los Jesuitas dicen: "Dadme a un niño entre los cuatro y los siete años y os devolveré al hombre ".
La religión es un MEME: una unidad de comportamiento o creencia heredada que funciona de acuerdo a las leyes tradicionales de la genética. (Les recomiendo EL GEN EGOISTA y EL ESPEJISMO DE DIOS, ambos de Richard Dawkins, para ampliar este fascinante concepto.). Lo que me encanta de esta definición es la clarificante palabra "heredada". Y si a alguno, a estas alturas, le resulta difícil aceptar que la única razón por la que somos cristianos y no musulmanes es que heredamos la religión de nuestros padres, le invito a buscar una sustentable respuesta alternativa para explicar el hecho de que en Tegucigalpa el 90% de los creyentes se declaren católicos y en Bagdad el mismo 90% se declaren Musulmanes. ¡Heredamos la religión como heredamos el color de los ojos o el racismo o los gestos de nuestros padres!
No hay ninguna diferencia entre el proceso que llevó al macabro Niño Predicador a estar donde está y el proceso que se sigue con los niños en instituciones, por ejemplo, como la Infancia Misionera: el único objetivo de estos entes, de los campamentos religiosos para niños, de los retiros espirituales para infantes, de los simples colegios religiosos, es adoctrinar a los pequeños en la edad en que su cerebro es permeable a cuanta estupidez le presenten los adultos. Los niños creerán todo, crecerán sintiéndose satisfechos con el desconocimiento y la ignorancia: es a lo que llaman fe (¡gran objetivo de las religiones!), y podrán en el mejor de los casos, desarrollar esa fe a toda prueba que les permita reírse de la ciencia (¿vieron el profundísimo discurso del nene sobre la evolución?) y sentirse orgullosos por ello.
Algunos me dirán que exagero. Que el Niño Predicador tiene su cerebro tostado mientras que muchos de mis lectores pasaron por esos grupos (¡yo mismo lo hice!) y hoy no tienen trauma alguno. Primero, permítanme dudar que estemos libres de trauma, pero más allá de eso, creo que están en un error y es exactamente de eso de lo que hablo. ¿Estarían los que así piensan, dispuestos a dejar de advertir a sus hijos sobre el peligro del cigarrillo por el hecho de que muchos fuman por años y no desarrollan cáncer?
Otros objetarán esgrimiendo el derecho de los padres a educar a sus hijos en la religión que deseen. Eso no lo puedo controvertir. La ley les da ese derecho; pero la ley garantiza el orden, no el bienestar ni la salud mental.
Los grupos de enseñanza religiosa para niños -en cualquier religión-, son la más perversa cara de uno de los más perversos adoctrinamientos: la perversa evangelización. Cuando nos reímos o nos compadecemos del Niño Predicador, deberíamos recordar que nuestros niños están sometidos a un adoctrinamiento igual que posiblemente no hará que actúen como él, pero que los llevará a pensar como él, y eso me parece infinitamente más grave.



