--VERDADEROS HOMBRES MAYORES
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Control remoto en mano y cerebro en blanco ante el delicioso zapping, o al menos en blanco hasta que algo te activa la pensadera y te saca del sopor.
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En el canal Encuentro pasan un fascinante documental sobre la sonda espacial Cassini y su encuentro con Saturno. Uno se detiene y abre los ojos ante el testimonio de científicos que planearon durante 30 años (¡!) el ingreso de la sonda por los anillos rocosos del planeta y que se jugaban en una hora el trabajo de toda la vida. Uno traga saliva y se conmueve. Ciencia ficción hecha realidad. Imágenes del planeta con la misma definición de las fotos de mi último cumpleaños.
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Termina el documental, uno va por un vasito de refresco y un alfajor y vuelve al salto televisivo.
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En el History Channel la siguiente parada obligatoria. Un programa sobre Gaudí y la construcción de la catedral de la Sagrada Familia en Barcelona. Uno se conmueve, vuelve a abrir los ojos y traga un delicioso pedazo de alfajor.
Entonces el narrador rompe el encanto cuando dice: "El arquitecto sabía que no vería su obra terminada en vida. Tal empresa podría destruir el espíritu de un hombre menor, pero Gaudí era profundamente religioso".
Y uno se siente indignado. No porque crea al gran catalán inmerecedor del adjetivo de hombre mayor, lo merece como pocos, sino porque una vez más y de forma velada -la peor de todas- el relato sugiere que la grandeza de Gaudí reside en su religiosidad y no en sus méritos como artista y arquitecto. ¡No era un hombre menor porque era profundamente religioso! ¡Qué tal la desfachatez!
Entonces uno suspende el zapping y salta al computador a desahogarse un poco, y escribe.
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Bueno. Concedamos que el impulso para Gaudí pudo haber venido de su religiosidad, pero jamás su grandeza: es el ejercicio apasionado de su ciencia lo que le dio su tamaño.
Conoce uno muchos ejemplos de arquitectos estudiosos que sin ser religiosos en lo más mínimo lograron construir obras magníficas, pero desconoce un sólo ejemplo de un ignorante en arquitectura que a fuerza de religiosidad haya conseguido poner en pie un par de muros.
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Luego uno piensa un poquito y decide no escribir mucho más. Pero transcribe.
"Por supuesto que es mentira todo lo que ustedes han leído acerca de mis convicciones religiosas, una mentira que se repite sistemáticamente. No creo en un Dios personal y no lo he negado nunca, sino que lo he expresado muy claramente. Si hay algo en mí que pueda llamarse religioso es la ilimitada admiración por la estructura del mundo, hasta donde nuestra ciencia pueda revelarla." Eso lo decía Albert Einstein, uno de los científicos que más comunmente fueron (y siguen siendo) víctimas del verbo descontextualizar.
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Y uno concluye.
¿Hombres mayores? ¿Hombres verdaderamente mayores?
¡Hombre mayores los científicos! Esos que son capaces de invertir la práctica totalidad de su vida para que nosotros sepamos si los anillos de Saturno están hechos de hielo o de minerales. Esos que no dudan en ofrecer su existencia para que el conocimiento avance un milímetro.
Verdaderos hombres mayores los que me hacen pensar lo mismo que Douglas Adams: "He preferido el asombro del conocimiento al asombro de la ignorancia."
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