domingo, septiembre 28, 2008

VERDADEROS HOMBRES MAYORES

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VERDADEROS HOMBRES MAYORES
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Práctica de sábado en la tarde. En Colombia le llaman locha y en Argentina fiaca.
Control remoto en mano y cerebro en blanco ante el delicioso zapping, o al menos en blanco hasta que algo te activa la pensadera y te saca del sopor.
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En el canal Encuentro pasan un fascinante documental sobre la sonda espacial Cassini y su encuentro con Saturno. Uno se detiene y abre los ojos ante el testimonio de científicos que planearon durante 30 años (¡!) el ingreso de la sonda por los anillos rocosos del planeta y que se jugaban en una hora el trabajo de toda la vida. Uno traga saliva y se conmueve. Ciencia ficción hecha realidad. Imágenes del planeta con la misma definición de las fotos de mi último cumpleaños.
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Termina el documental, uno va por un vasito de refresco y un alfajor y vuelve al salto televisivo.
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En el History Channel la siguiente parada obligatoria. Un programa sobre Gaudí y la construcción de la catedral de la Sagrada Familia en Barcelona. Uno se conmueve, vuelve a abrir los ojos y traga un delicioso pedazo de alfajor.
Entonces el narrador rompe el encanto cuando dice: "El arquitecto sabía que no vería su obra terminada en vida. Tal empresa podría destruir el espíritu de un hombre menor, pero Gaudí era profundamente religioso".
Y uno se siente indignado. No porque crea al gran catalán inmerecedor del adjetivo de hombre mayor, lo merece como pocos, sino porque una vez más y de forma velada -la peor de todas- el relato sugiere que la grandeza de Gaudí reside en su religiosidad y no en sus méritos como artista y arquitecto. ¡No era un hombre menor porque era profundamente religioso! ¡Qué tal la desfachatez!
Entonces uno suspende el zapping y salta al computador a desahogarse un poco, y escribe.
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Bueno. Concedamos que el impulso para Gaudí pudo haber venido de su religiosidad, pero jamás su grandeza:
es el ejercicio apasionado de su ciencia lo que le dio su tamaño.
Conoce uno muchos ejemplos de arquitectos estudiosos que sin ser religiosos en lo más mínimo lograron construir obras magníficas, pero desconoce un sólo ejemplo de un ignorante en arquitectura que a fuerza de religiosidad haya conseguido poner en pie un par de muros.
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Luego uno piensa un poquito y decide no escribir mucho más. Pero transcribe.
"Por supuesto que es mentira todo lo que ustedes han leído acerca de mis convicciones religiosas, una mentira que se repite sistemáticamente. No creo en un Dios personal y no lo he negado nunca, sino que lo he expresado muy claramente. Si hay algo en mí que pueda llamarse religioso es la ilimitada admiración por la estructura del mundo, hasta donde nuestra ciencia pueda revelarla." Eso lo decía Albert Einstein, uno de los científicos que más comunmente fueron (y siguen siendo) víctimas del verbo descontextualizar.
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Y uno concluye.
¿Hombres mayores? ¿Hombres verdaderamente mayores?
¡Hombre mayores los científicos! Esos que son capaces de invertir la práctica totalidad de su vida para que nosotros sepamos si los anillos de Saturno están hechos de hielo o de minerales. Esos que no dudan en ofrecer su existencia para que el conocimiento avance un milímetro.
Verdaderos hombres mayores los que me hacen pensar lo mismo que Douglas Adams: "He preferido el asombro del conocimiento al asombro de la ignorancia."
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Imagen tomada de: http://zgz.alberto.googlepages.com/cienciaS.jpg

domingo, septiembre 21, 2008

INTERESANTE, ¿NO?

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INTERESANTE, ¿NO?

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Esta semana conocí un estudio diseñado y ejecutado por el sicólogo israelí George Tamarin, destinado a evaluar la influencia de las creencias religiosas en el establecimiento de los juicios morales. Por su contundencia y su simpleza, me pareció interesante compartirlo.

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Tamarín entregó a una población de niños israelíes cuyas edades oscilaban entre los 8 y los 14 años y cuyo número superaba el millar, el relato extraído del Libro de Josué referente a la batalla de Jericó y que acá les resumo:

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“Josué dijo al pueblo: ¡Lanzad el grito de guerra, porque el SEÑOR os entrega la ciudad! La ciudad será dada a la destrucción en honor del SEÑOR, ella y todo lo que en ella hay (...) Pero todo el oro y toda la plata, así como los objetos de bronce y de hierro, serán consagrados al SEÑOR e ingresarán en su tesoro (...) Luego destruyeron con la espada todo lo que había en la ciudad: hombre y mujeres, niños y ancianos, y hasta el ganado mayor y menor, y los asnos (...) Luego prendieron fuego a la ciudad con cuanto en ella había; pero la plata y el oro y los objetos de bronce y de hierro fueron entregados al tesoro de la casa del SEÑOR.”

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Luego, solicitó a cada niño que emitiera un juicio ético sobre el comportamiento de Josué decidiendo si estaban o no de acuerdo con el comportamiento del patriarca marcando una de tres opciones: A si estaban totalmente de acuerdo, B si estaban parcialmente de acuerdo y C si estaban totalmente en desacuerdo.

Los resultados fueron los siguientes: 74% juzgaron como adecuado el comportamiento de Josué (66% totalmente de acuerdo y 8% parcialmente de acuerdo) y sólo el 26% se declaró en total desacuerdo.

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Ahora viene lo interesante.

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A otra población estadísticamente equivalente de niños también israelíes, les entregó el mismo relato pero cambiando el nombre de Josué por el de “General Lin” y el de Israel por “un reino chino de hace tres mil años”. ¿Qué sucedió? ¡Pues sorpréndanse!

Una vez se eliminaba el factor de lealtad a la religión y al pueblo, el juicio moral de los chicos variaba de una forma alarmante: ¡Sólo el 7% aprobó el comportamiento del General Lin!

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Llamativo al menos, ¿no?: es el factor religioso lo que conduce a que los niños justifiquen o desaprueben el genocidio presentado en este relato.

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La ecuación, sobra decirlo, se aplica por igual a católicos, evangélicos, ortodoxos y musulmanes. Por eso, y ante evidencias tan incontrovertibles como las que este estudio presenta, no agrego más que las palabras de un par de agudos observadores autorizados.

En primer lugar las del premio Nobel de física Steven Weinberg:


“La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin ella, hay gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que la gente buena haga el mal, se necesita la religión”.


En último lugar las del filósofo francés Blaise Pascal:


“Los hombres no hacen el mal tan completa y alegremente como cuando lo hacen por convicción religiosa”.

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Imagen tomada de: http://www.librodearena.com/myfiles/mapache/061217-las-Tres-religiones-culturas-alianza-de-civilizaciones-laicista-fundamentalismo.gif


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martes, septiembre 09, 2008

LA MANO IZQUIERDA DEL JESUITA


LA MANO IZQUIERDA DEL JESUITA


“En este alegre nido de ciencia y de valor el Ignaciano aprende la senda del honor: La Religión, La Patria, La vida y el hogar. El deber es en la vida o morir, o morir, o triunfar”.
En esa noche de agosto del 2000 y a casi quince años de mi graduación, el himno del colegio me sonaba diez veces más arcaico y cien veces más castrense. Si hubiera multiplicado, como me enseñaron los jesuitas, hubiera entiendo por qué me repugnaba mil veces más.
En realidad sólo estaba allí porque quería saludar a Arturo Botero. Todo lo demás me incomodaba, en especial esa turbiedad que colorea los reencuentros de ex alumnos; esa excitación cursi que todos, tal vez porque la reconocen perecedera, se dan a disfrutar como babuinos histéricos en un festival de sonrisas fingidas.

A Botero jamás logramos verlo como a un cura. El era Boterito a secas. Su estatura casi escandinava no explicaba el diminutivo, pero sus modos Portugueses sí.
Yo quería saber si el tiempo lo había cambiado, si seguía resistiéndose a usar sotana, si había actualizado su repertorio de vulgaridades y si los estudiantes de hoy seguían deslumbrándose con ese jesuita que contaba historias de herejías mientras decía “jueputa” y “malparido” con más soltura que cualquier adolescente en celo. Además, si lo pensaba bien, le debía mi oficio: mi obsesión por el medioevo había nacido en sus relatos de historiador cristiano díscolo y esa noche esperaba poder hablar con él sobre los Cátaros del Languedoc francés, no ya como alumno deslumbrado sino como conferencista y escritor, si bien no exitoso, al menos digno de aparecer en las crónicas sociales.
“Palacio, güevón, soy Arturo Botero: el martes a las cinco vamos a abrir el cofre del centenario. Maya y Jaramillo ya confirmaron, así que no te hagás el pendejo que sos el único que falta. Tenés que ir, la sorpresa va a estar buena”. No tengo idea de dónde consiguió el número de mi teléfono, pero -precedido de un bip y cerrado por dos- ese fue el mensaje de Boterito que encontré en el contestador y que me llevó de vuelta al Colegio de San Ignacio, el fortín de la rancia sociedad medellinense que en 1985 había cumplido cien años de fundado y cuyas prosopopéyicas directivas, fieles a su prosopopeya clerical, habían incluido en las prosopopéyicas celebraciones, el cierre del “Cofre Centenario”: un baulito francamente modesto, que se llenó con objetos alusivos al aniversario entre los que recuerdo las fotos de los graduados de ese año, las cartas con los buenos deseos de los niños de primaria, el saludo en video del rector y un casete de audio con el himno aquel (el castrense, el repugnante), cantado por nosotros, los hasta hoy todavía avergonzados miembros de la Tuna Ignaciana.
En virtud de su estatura y previo bautizo con agua bendita, fue Boterito quien depositó el cofre en el hoyo abierto para ese fin en la pared del hall del colegio. Subió la escalera con el arca bajo el brazo, introdujo en el agujero casi medio cuerpo y luego salió empolvado y sacudiéndose de una forma inquietante que hasta hoy recuerdo más por el olor que por la imagen. Por último, con agilidad de deshollinador, incrustó la placa en la que se leía: “COFRE CENTENARIO IGNACIANO. A MAYOR GLORIA DE DIOS. GENERACIÓN DEL CENTENARIO 1985. PARA ABRIR EN EL AÑO 2000”.

Pues el 2000 había llegado y lo primero que me sorprendía esa noche era ver a Boterito esta vez en un papel secundario. A lo lejos. Como una ardilla. Casi al margen del evento. Igual de alto pero a primera vista no igual de cálido. Traté de interceptar su mirada pero fue inútil. Estaba embelesado con la nueva generación de la Tuna Ignaciana que cantaba Clavelitos de mi corazón, corroborando en ese ejercicio impúdico que ni peor ni mejor: que todo tiempo pasado fue exactamente igual. Poco después, el nuevo rector, esta vez sin un Boterito que le ayudara y como en un remake inverso de la vieja escena –ahora más visual que olfativa- bajó de la escalera cubierto de polvo y con el cofre en la mano. Sonaron aplausos, vivas y murmullos mientras los dedos quebradizos del rector forzaban la caja. Busqué de nuevo su mirada pero Boterito continuaba abstraído en la escena. Luego saltó la cerradura. Luego más aplausos. Luego se abrió el cofre. Luego un ¡uhh! de sorpresa. De mucha sorpresa. Luego muchísimo silencio. El silencio más incómodo que jamás escuché o que jamás dejé de escuchar.

Durante el resto de la noche y sin éxito, el rector trató de disimular la inocultable vergüenza contando anécdotas de su noviciado en Barranquilla, pero la gente sobredosificada de imágenes, sólo aventuraba hipótesis de complots descabellados que intentaban esclarecer el confuso episodio al que acababan de asistir. Pero yo no. Yo intuía que Boterito sabía a la perfección lo que acababa de suceder y eso explicaba no sólo su convocatoria telefónica y su desaparición abrupta sin dejar rastro y frustrando nuestra charla sobre Cátaros, sino su demoledora sonrisa de roedor. Yo entonces, y de una forma casi literaria, comencé a obsesionarme con el asunto del cofre.

Seguí la pista de Arturo Botero durante años. Supe de sus múltiples traslados a colegios, comunidades y parroquias. En no pocas ocasiones estuve a punto de cruzarme con él en algunas ciudades que visité como conferencista pero siempre terminé frustrado por una migración suya intempestiva o por alguna negativa extraña. Era como si Boterito y con él la respuesta al enigma del Cofre Centenario, huyeran de mí a voluntad. Llegué a pensar que el cofre mismo era una trampa malintencionada que Boterito había urdido en mi contra con el sólo objetivo de obsesionarme de nuevo. Una trampa por demás exitosa.

Pero finalmente, y de la forma menos predecible, lo encontré hace dos semanas y sucedió de la siguiente manera.
Yo estaba en Toulouse, invitado al Decimosegundo Encuentro Cátaro Internacional para presentar mi ponencia sobre El Espíritu del Consolamentum en las Misiones Jesuitas del Paraguay. Al final de la conferencia, luego de los anémicos aplausos, un sacerdote mayor se me acercó con rostro neutro y me dijo en perfecto castellano, con un acento entre catalán y costarricense, que había asistido a mi exposición por recomendación de un colega que me conocía. Que el colega era Boterito (y lo dijo así, en diminutivo y con ese acento que empezaba a sonar Arequipeño). Que Boterito estaba en Carcassonna. Que estaba enfermo y que, si quería saludarlo, él mismo podría llevarme a verlo.
Yo me dirigía a Foix, pero era tan corto el desvío, tan grande la excitación por ver a mi viejo tutor y –debo reconocer con mezquindad – tan fuerte el deseo de resolver el asunto del cofre, que huí del evento esa misma noche en compañía del Padre O’Connor pensando en preguntarle cómo alguien con un apellido tan irlandés podía hablar el castellano con ese acento tan parecido al de Cartagena de Indias. Pero no lo hice. Aproveché su silencio para repasar las preguntas que le haría a Boterito. Claro. Sería cortés y me mostraría interesado en su enfermedad, pero sólo al principio: mi objetivo era el cofre. Estaba seguro de que él era el responsable de ese deslumbrante episodio y quería saber cómo lo había logrado, cuál había sido su propósito, qué parte del santoral cristiano quiso abofetear con ese acto de prestidigitación.

Cuando arribamos al convento quise ver a Boterito de inmediato. El Padre me llevó a la enfermería y se sentó conmigo a esperar el inicio del horario de visitas. Pero en medio de la insípida espera, y como si pasara un huracán o una bandada de flamencos rosados, O’Connor soltó una frase que lo cambió todo para mí.
-Es una lástima que su enfermedad lo haya obligado a abandonar su mayor orgullo –dijo con un acento que finalmente identifiqué como Chiapaneco.
-¿Dice usted? -Fué lo único que atiné a balbucear.
-Boterito nunca fue zurdo. Sólo consiguió fingirlo luego de años de trabajo. Se obligaba a escribir con la izquierda y a llevar su mano derecha en el bolsillo, a circular obstaculizando a los diestros, a cruzar las calles como lo hacen los zurdos. (En esta parte de la frase suspiró y continuó, ya sin acento). -Ahora no podrá hacerlo más. La trombosis le ha podrido su lado izquierdo y tendrá que abandonar su mayor logro: el de ser un perfecto imitador de zurdos.

Yo estaba petrificado. Casi mareado. ¡Cuánta angustia vital había que masticar! ¡Cuánto dolor en las tripas había que acumular para alcanzar ese nivel de sofisticación! ¡Cuánta sordidez!
Y entonces me sentí vacío en medio de la enfermería de los Jesuitas en Carcassonna, esperando ver a un hombre que ya no podría jamás volver a ser zurdo. Y todos los cofres que habitaban mi cabeza se disolvieron en una niebla tan trivial como el paso de la enfermera con las dosis de insulina. Luego sentí frío en el cuello y ya no pude más. Aproveché un cabeceo de O’Connor y me escabullí por el pasillo ennegrecido del convento, no sin antes dejar en el puesto de enfermería y al cuidado de una auxiliar rubia cuyo escote comenzaba a regresarme a la vida real, mi último libro sobre Cátaros para que se lo entregara a Boterito. Quién sabe. A lo mejor ahora mismo está leyéndolo con su ojo derecho.

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Imagen tomada de: http://www.asiaignaciana.org.co/galery/editor/logo%20COLEGIO.jpg

lunes, septiembre 01, 2008

¡PA QUÉ... PERO SER DIOS ES MUY BUENO!


¡PA' QUÉ... PERO SER DIOS ES MUY BUENO!

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Hace una semana en Bogotá, Daniel Fernando Giraldo se electrocutó en su colegio durante un experimento de física. Ya le dieron el alta y yo escuché a su mamá -feliz la señora-, diciendo a los micrófonos: "Agradezco más que todo a Diosito porque mi niño se salvó de la muerte". ¡Juepucha!, yo tan malpensado que soy me pregunté si a la señora no se le pasó por la cabeza averiguar dónde estaba Midiosito cuando le dieron el corrientazo al pelao y si Él, tan mayúsculo y todo, no podía haber hecho por ejemplo que se fuera la luz antes, digamos durante el recreo y evitarle así el calambre al chino.

Pero no. Pa' la Doña y pa' muchos como ella, si se moría el muchacho era culpa del profe, del médico de urgencias, "de la vida, mijo, que es así". Pero como se salvó, ¡entonces es un milagro de Papá Dios!

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El desempleo en Colombia subió el mes pasado al 12.1%. O sea que 12 de cada 100 colombianos están en su casa mirando televisión todo el día, porque recordemos que para el estado colombiano sólo los inmóviles encajan en la estadística del desempleo. Para el Gobierno y para el DANE, los subempleados son empleados... (¿no ven que la palabra es casi igualitica? ¡Tan tercos los criticones!). Si vendés chicles en un semáforo contás como empleado. Si lustrás zapatos en una plaza, sos empleado. Si comprás una librita de marihuana pa' venderla menudiada en porritos, empleado.

Y lo más importante. Para la mayoría de los colombianos esas cifras tan malucas son culpa de cualquiera menos del Presidente: de las FARC por guerrilleras, de Piedad Córdoba por negra, de Chávez por bocón, ¡pero del Presidente y su Gobierno que dicta las políticas de empleo, jamás!

¡Lo que sucede es que uno se pasa de malpensado!

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Ingrid se reúne con B16 ayer en El Vaticano para darle gracias a dios por su liberación y a Benedicto por sus oraciones. ¡Pucha! Cada cual que se agarre a la creencia que quiera para salvarse de sus angustias, pero a mí sí me encantaría preguntarle al cuchito de blanco si me puede averiguar dónde estaba su patrón cuando asesinaron a los Diputados del Valle o porqué no movió su santo dedito, digamos tres años antes, o dos, para hacerle un poquito menos dura la vida a Ingrid y a su familia.

¡No crean que dudo! ¡No! ¡Yo pertenezco a una familia de bien y sé que lo malo es culpa del hombre y lo bueno regalo de dios, pero el Diablo es puerco y a veces a uno le entran duditas!

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Conozco dos estudiantes colombianos en Buenos Aires. Ambos Uribistas de poncho y mano al pecho. Ambos seguros, segurísimos, segurisísimos de que Colombia está cada vez mejor.

Cuando les pregunté por qué llegaron a la Argentina, ambos me dieron la misma respuesta: "Pues porque el estudio en Colombia está carísimo y me sale más barato sostenerme en Buenos Aires mientras estudio (aquí la universidad pública es gratuita) que pagar un instituto tecnológico en Colombia."

Yo no les pregunté más.

Uno es tan malpensado y como está tan lejos no debe tener idea de quién es el culpable de esa situación. ¡Claro, de seguro no lo es el Gobierno y sus políticas educativas! ¡Deben ser los de la oposición, los de la Corte Suprema, los hinchas de Millonarios!

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¡Eso de que a uno le adjudiquen las cosas buenas que pasan y lo exoneren de todo lo malo, debe ser una maravilla!

¡Pa' qué, pero ser dios es muy bueno!


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Imagen tomada de:
http://josefinaobando.blogdiario.com/img/mismouri.jpg